José me conocía; debía comprender que en caso de reincidencia, yo daría el escándalo, intervendría la justicia, se enteraría Manuela. Era probable que ésta pidiera la separación de bienes, y se marchara á Cuba... El marrullero, el hombre práctico no podía menos de detenerse ante la amenaza de estos peligros verdaderamente terribles. ¡Campaña ganada, y ganada sin batalla, por la prematura retirada del enemigo, antes convencido que derrotado! Ó esto es estrategia sublime, ó no sé lo que es.
XXXVII
Anochecía.
La propia doña Cándida trajo en sus venerables manos una luz con pantalla, y poniéndola sobre la mesa, me dijo con voz temerosa y cascada:
—Ya se ha ido... ¡Jesús! yo creí que íbamos á tener función gorda... Pero ambos sois muy prudentes, y entre buenos hermanos... La pobre niña...
—¿Qué?
—Le ha entrado fiebre; pero una fiebre intensa. Ya la hemos acostado. ¿Quieres pasar á verla?... Se ha calmado un poco; pero hace un rato deliraba y decía mil disparates.
—Que suba Miquis.
—Le hemos dado un cocimiento de flor de malva. Creo que le conviene sudar. Anoche debió constiparse horriblemente cuando aquella alarma de los ladrones...