Se paseaba por la sala haciendo molinete con el bastón.

—Mira, José—le dije,—haz el favor de marcharte de una vez. Abandona el campo, y déjanos en paz. Si te empeñas en ser pesado, yo me empeñaré en ser inflexible. Te he cogido en tu propio lazo; no tienes defensa contra mí. Márchate; este disgustillo se acabó, y desde mañana seremos hermanos.

—No, no, si en mí no hay disgusto, ni despecho...—balbució contradiciendo sus palabras con la expresión colérica de su semblante.—¿Crees que doy importancia á tus majaderías? No, hombre, no hago caso: mi conciencia está tranquila... He sabido amparar á una familia desgraciada: veremos lo que haces tú ahora... Me marcharé...

—Pues de una vez...

—Te dejo en plena posesión de tu papel de desfacedor de agravios. Trabajo te mando, camaradita, porque no es oro todo lo que reluce. Y no es que yo quiera agraviar á la pobre Irene. Yo me he interesado por ella, no como un sabio filósofo, sino como un buen padre, como un hermano. Que viene doña Cándida á contarme que ha descubierto paquetes de cartas... Bueno, ¡cosas de chicas! es natural que se enamoren de cualquier pelagatos... es natural que lo disimulen, que hagan mil tapujos y tonterías... Que doña Cándida me dice: «Irene llora; á Irene le pasa algo; Irene anda en malos pasos.» Bueno: la juventud, la ilusión... cosas de niñas que leen novelas. No doy importancia á tales boberías... Que yo mismo observo á cierta persona rondando la casa por las tardes, por las noches... ¡Qué le hemos de hacer! Mientras haya coquetas, habrá gomosos. He tenido ganas de andar á galletas con uno, mejor dicho, de aplacarle el resuello. Pero eso tú lo harás ahora, tú, el señor de la protección caballeresca. Veremos si con rociadas de moral ahuyentas al enemiguito. Échale los espejuelos encima, y saca el Cristo, ó el Sócrates. Ó si no, otra cosa...

Se echó á reir como un condenado.

—Otra cosa. Trae al juez, hombre; trae á ese juez con que me amenazabas, y dile: «señor juez, aquí tiene usted á un novio de mi futura: métalo usted en la cárcel, y á mí mándeme á un tonticomio...» Eso es, eso. Aquí te quiero ver, escopeta.

Francamente... yo le iba á contestar algo; pero pensé que era más digno no contestarle nada.

—Y yo me marcho. Te obedezco, hermanito. Aquí te quedas. Ya me contarás y nos reiremos.

Le ví dispuesto á marcharse. Algo me ocurrió entonces que decir; pero me callé para que se fuera de una vez. Salió sin decirme nada, tarareando una musiquilla, pero con la rabia en el corazón. Alegréme de este resultado, porque mi objeto estaba conseguido, y conociendo á José María como le conocía yo, bien podía asegurarse que daba por perdido el juego. Su miedo al escándalo me garantizaba su vencimiento y el abandono de sus planes. Por el momento yo había triunfado, y lo mejor era que había conseguido mi objeto sin gritería ni violencia. No había habido drama, cosa en extremo lisonjera para todos.