—Eres un santo... Vamos, ¿á que concluyes por pedirme que te canonicen...?

—Y cuando yo me intereso por los desvalidos, cuando les ayudo á vencer las dificultades de este mundo, hago las cosas completas, no me quedo á la mitad del camino. Poco me importa que después venga la calumnia á desfigurar mis acciones... Yo desprecio la calumnia. Cuando mi conciencia está tranquila...

No lo pude remediar; rompí á reir, viendo que el muy farsante, acalorándose más con el papel que representaba, aspiraba nada menos que á darme á mí la feísima parte de calumniador. Quería sacar partido de su falsa posición, y tornándose en juez, me decía:

—Y vamos á ver, camaradita, ¿quien me asegura que tú, con esos aires caballerescos y esas cosas sublimes, no vienes aquí con una intención solapada...? Me parece que eres de los que las matan callando. Eso sería bueno: que quien sólo ha tenido propósitos benéficos y caritativos pase por hombre corrompido, tramposo y malo, y el señorito filósofo, sabio y profesor de moral, sea el verdadero perseguidor de la honra de las doncellas puras... Verdaderamente...

Se puso delante de mí, y con su bastón iba marcando sus palabras más arriba de mi cabeza, sin tocarme, se entiende.

—Yo te he visto caracoleando en el cuarto de Irene, haciéndole la rueda en el paseo, como un pavito real, muy hueco y filosófico; yo te he visto relamido y sumamente pedante y traviatesco junto á ella... Es verdad que nunca sospeché que te pudiera querer... Eres muy antipático...

Y se fué delante del espejo á estirarse el cuello de la camisa y á acomodarse la corbata, que andaba un tanto descarriada.

—Si saldremos ahora con que un señor catedrático de moral anda enamorado... ¡Por amor de Dios, hombre!... Con esa cara de cura y esa respetable fisonomía, pues no parece sino que detrás de cada vidrio de tus gafas están Platón y Aristóteles... y con esa cortedad de genio... Por María Santísima, Máximo, no hagas el oso... Tú no sirves para eso: nunca gustarás á las mujeres.

Aun siendo tan poco autorizado quien las hacía, aquellas burlas me mortificaban.

—Yo no comprendo el interés ridículo que te tomas por la pobrecita Irene, que de seguro se reirá de tí bajo aquella capita de bondad... porque, eso sí; otra que tenga mejores modos y que sepa esconder tan bien sus picardías...