—¡Manuel...! ¿á dónde vas por aquí?

Le traspasé con miradas, me sentí dotado de una lucidez sobrehumana, comprendí todo lo que se dice de los taumaturgos y de los séres privilegiados á quienes un conjunto de hechos y circunstancias da el privilegio de la adivinación. Leí á mi hombre de una ojeada, le leí como si fuera un cartel de los que estaban pegados en la próxima esquina.

Y él, vacilando como todo el que no está diestro en mentir, me contestó:

—Pues... precisamente... iba á casa de Miquis, á consultarle.

—¿Estás enfermo?

—La garganta... siempre la garganta.

—¿Con que la garganta...?

Le agarré un brazo con mi mano, que se me figuraba tenaza y le dije:

—¡Farsa! tú no ibas á consultar con Miquis. Esta no es hora de consulta.

—Pero como es amigo...