—¡Manuel, Manuel!...
Le atravesé de parte á parte otra vez con mis miradas. Después me ha contado que se quedó yerto. Ocurrióme decirle una cosa que le desconcertó sobremanera, y fué esto:
—Bien, yo también soy amigo de Miquis; iremos juntos, te esperaré, y después que consultes, saldremos, porque tengo que hablarte.
—No... pero... bueno... en fin, si usted quiere... ¿Tanta prisa tiene?... vamos; no, no...
XXXVIII
¡Ah! ¡traidor embustero!
¡Tú eres, tú, pollo maldito, orador gomoso, niño bonito de todos los demonios; tú eres, tú, el ladrón de mi esperanza; tú, el que pérfidamente me ha tomado la delantera; tú, el que está ya de vuelta cuando yo apenas he empezado á andar! Lo sospechaba; pero no lo creía: ahora lo creo, lo siento, lo veo, y aún me parece que lo dudo. ¡Has tronchado mi dicha, has cerrado mi camino, mozalvete infame, y te voy á ahogar, sí, te ahogo...!
Esto que parece natural, en el estado de mi ánimo, y que encajaba á maravilla en mi desolada situación, debí decirlo sin duda, acomodándome á las conveniencias y tradiciones dramáticas del caso; pero no, no lo dije. Al ver que con su aturdimiento confirmaba Manuel sus mentiras, le traté con el mayor desprecio del mundo, diciéndole:
—No quiero molestarte. Ve solo...