Y seguí mi camino. Á los pocos pasos le sentí venir detrás de mí, y oí su voz:

—Maestro, maestro...

—¿Qué quieres?

Esto pasaba en medio de la calle de Hortaleza, allí donde empalma con ella la del Barquillo, y por poco nos coge á los dos el tranvía que bajaba.

—¿Qué quieres?—repetí, cuando pasó el peligro.

—Me voy con usted... Tengo que decirle...

Tomóme el brazo con su amable confianza de otros días. Yo no pude menos de exclamar:

—¡Hipócrita!...

—¿Por qué?...—me respondió con frescura.—Hablaremos... Yo sé dónde ha estado usted hoy dos veces; primero por la mañana, después toda la tarde.

¡Darle á conocer mi despecho, mi confusión, el estado tristísimo en que me había puesto la evidencia adquirida recientemente...! imposible. Era preciso afectar dos cosas: conocimiento completo del asunto, y poco interés en él. Como Catón, cuando se desgarraba el vientre con las uñas, padecí horriblemente al decirle: