—Eres un calavera, un libertino; mereces...

—Maestro, ha llegado la hora da la franqueza,—manifestó él con desenvoltura.—¿Por quién ha sabido usted esto?

Y con afectada serenidad ¡Dios sabe lo que me costó afectarla! le respondí:

—Necio; ¿por quién lo había de saber? Por ella misma.

—¡Ah! ya... Habíamos convenido en revelar á usted nuestro secreto. Disputábamos sobre quién lo haría. Ella: «díselo tú.» Yo «tú debes decírselo.»

Este tuteo, esta discusión en la intimidad amorosa me envenenaba la sangre. Tragué mucha saliva para poder replicar:

—Ella ha tenido conmigo una confianza nobilísima, y me ha declarado lo que yo sospechaba ya.

—Lo sospechaba usted... Es posible. Sin embargo, maestro, habíamos tomado toda clase de precauciones para que nadie descubriera nuestro secreto. Así es más sabroso...

—¡Mala cabeza!...

Tuve que hacer poderoso esfuerzo para no llenarle de vituperios... Ardiente curiosidad se despertó en mí, y en vez de injurias, dirigíle no sé cuántas interrogaciones... ¡Qué fúnebres y terribles fuísteis apareciendo ante mí, noticias, antecedentes y detalles de aquel hecho! Con temor os sospeché, con espanto os ví confirmados. Os oí en boca del traidor, como versículos del Dies iræ, y á medida que íbais formando el catafalco de mi juicio completo, mi alma se cubría de luto. Tú, idea de cómo principió aquella novela de amor; tú, noticia de lo que hicieron los muy pícaros para guardarla en profundo misterio; y tú, en fin, imagen de la viva pasión de ella, os presentásteis á mi espíritu como calaveras peladas y temerosas, ya espantándome con el mirar profundo de vuestros huecos álveos, ya erizándome el cabello con vuestro reir seco y roce de mandíbulas... En estas cosas llegábamos á mi casa, entrábamos, subíamos. ¡Muerte y materialismo! Cuando Manuel me dijo: «Está loca por mí,» yo apreté tan fuertemente el pasamanos de hierro, que me pareció sentirlo ceder como blanda cera, entre mis dedos.