Y en mi cuarto miré á mi discípulo, que se había sentado en mi sillón, como esperando que yo le hiciera más preguntas. Le ví como el más odioso, como el más antipático, como el más aborrecible de los séres. ¡Arrojarle de mi casa...! No; esto me habría vendido, y yo quería conservar mi máscara de invulnerabilidad... Pero sí, le arrojaría con buenos modos.

—Manuel—le dije.—Esta noche tengo mucho que hacer... Un maldito prólogo para esa traducción de Spencer... Tendré que velar... Te suplico que no me distraigas, porque si empezamos á charlar, se nos irá la noche tontamente.

—¿Va usted á trabajar después de comer?

—Es preciso.

—¿No sale usted?

—No...

—Pues le dejaré á usted solo... Para concluir, amigo Manso, con lo que veníamos diciendo... esto traerá cola, quiero decir que esto no es un pasajero accidente en mi vida; esto no es una aventura; esto es serio, profundamente serio.

—De modo que también tú...—le pregunté sintiendo cierto alivio.

Se sujetó la cabeza con ambas manos, apoyando los codos en la mesa, y miró un libro abierto que por casualidad estaba allí.

—También yo—murmuró,—estoy loco por ella.