—Travesuras de gravísimas consecuencias—dije con voz campanuda.—Petra, la comida.
Manuel miró su reloj y yo miré el mío.
—Yo tengo las ocho y veinte; voy adelantado.
—Yo las ocho y siete... voy atrasado. ¿Quieres comer?
—Gracias. ¿Y qué me aconseja usted?
—La cosa es grave... Hay que pensarlo...
Sentí que me serenaba un tanto. Declaróme él entonces algo que no sé si me fué agradable ó penoso en tan crítico momento. Mis ideas estaban trastrocadas, mis sentimientos barajados en desorden; unas y otros aparecían fuera de tiempo. La anarquía reinaba en mi espíritu, y mi razón, hecha un ovillo, se escondía donde nadie podía encontrarla. Alegréme de ver que Manuel tenía prisa; prometíle que hablaríamos del mismo asunto otro día, y se fué...
XXXIX
Quedéme solo delante de mi sopa.