Se me presentaba ocasión de decir algo humorístico que aliviara mi espíritu. Así lo hice, y de mi amargura brotó esta chanza:

—Metafísico estás... y poeta de redomilla...

Debí de reirme como los que suben al patíbulo. Y haciendo como que me picaba horriblemente el cuello, me volví y me hice un ovillo para aplacar con el roce de mis dedos la comezón. Creo que me hice sangre, mientras Manuel decía:

—Á la mañana siguiente volví...

—¿Con revólver?...

—Se me olvidó llevarlo... La pasión me trastornaba el juicio. Ni peligros, ni obstáculos veía yo...

Como una máquina de hablar, como el frío metal del teléfono que habla lo que le apunta la electricidad, así dije yo: «Romeo y Julieta,» sin saber de dónde me habían venido aquellas palabras, porque mi cerebro se había quedado vacío.

—Estuve hasta la madrugada; todos dormían. Al escaparme, ya cuando aclaraba el día, hice un poco de ruido, y salió doña Cándida gritando: «¡ladrones!»

Esto lo oí desde mi alcoba, á donde fuí á buscar refugio, huyendo de un vengativo impulso que brotó en mí... Casi rompo á gritar y declaro... ¡Mengua insigne para mí vender un secreto que debe bajar al sepulcro conmigo! Sudé gotas enormes, frías y pesadas como las del Monte Olivete, y en la oscuridad de mi alcoba, donde seguí haciendo el papel de que buscaba algo, me apabullé con mis propias manos, y grité en silencio de agonía: «¡aniquílate, alma, antes que descubrirte!» Creo que dí dos ó tres vueltas en la oscura habitación, y trascurrió un espacio de tiempo en el cual no sé á punto fijo lo que hice, porque positivamente perdí la razón y el conocimiento de mí mismo. Recuerdo tan sólo vocablos sueltos, ideas incompletas que me escarbaban la mente, y es probable que dijera: «ladrones... doña Cándida... no encontrar fósforos...» ó bien otros disparates por el estilo.

Cuando recobré mi juicio, aparecí en el despacho, miré á Manuel... Petra, mi ama de llaves, entraba en aquel momento...