—Hombre, sí—dije con murmurio, que más debía de parecer gemido.—Lo sé... pero no se puede juzgar así de las intenciones...
—¿Cómo que no?... Á poco más la sitian por hambre... La suerte que yo... Hace tres noches salí de mi casa decidido á armar el escándalo H... Estaba fuera de mí, querido Manso; deseaba hacer cualquier barbaridad....
—¡Drama, violencia!... la pasión juvenil...
Estas palabras sueltas y sin sentido salían de mí como burbujas de un líquido que hierve. Mi semblante debía parecer una mascarilla de yeso; pero yo me ponía delante el papelucho para que Manuel no me viera, y por delante de mis ojos pasaban, cual bufones cojos, unos rengloncillos diciendo: «botinas de chagrín, para señora, 54 reales,» ó cosa por el estilo.
—Aquella noche llevé un revólver... Yo había comprado á Melchora, la criada. Me metí en la casa... Me escondí... Si llega á presentarse su hermano de usted... le mato...
Volví á mirar á Manuel, en cuyo rostro ví la decisión juvenil, el brío del amor, y cuanto de poético y romancesco puede encerrar el espíritu del hombre. Parecióme un caballero calderoniano con su espada, chambergo y ropilla; y yo á su lado... ¡Oh! genios de la ilusión, apartad la vista de mí, la figura más triste y desabrida del mundo.
—Pero mi hermano no fué...—dije.
—Le esperamos. Todos dormían. La noche estaba hermosísima. Callandito salimos al balcón. ¡Qué noche, qué cielo estrellado! ¡qué silencio en las alturas!... y luego las sombras entrecortadas de las calles, y el roncar de Madrid, soñoliento, enroscándose en su suelo salpicado de luces de gas... Maestro, hay momentos en la vida que...
Dí una vuelta sobre mí mismo, como veleta abofeteada por el viento... Inclinéme para recoger un papel que no se había caido...
—Hay momentos, maestro... Parece mentira que toda la esencia de la vida, Dios, la inmoralidad, la belleza, el mundo moral todo entero, la idea pura, la forma acabada, quepan en un solo vaso y se puedan gustar de un sorbo...