Con leve sonrisa me contestó afirmativamente. Y vedme ahí convertido en el hombre más bondadoso y paternal del mundo, como esos viejos componedores que salen en añejas comedias, y cuya exclusiva misión es echar bendiciones y arreglar á todo el mundo. Sin saber bien qué razones espirituales me llevaban al desempeño de este papel, me dejé mover de mi bondad, y le dije:

—Se trata aquí de un buen amigo mío y discípulo á quien quiero mucho; pero no le perdono el secreto que ha guardado en esto. Quizás haya sido usted la más empeñada en rodear de sombras sus amores... Es usted muy secretera. Hace tiempo que lo he conocido. No he sido engañado por completo. Yo observaba en usted los síntomas del trastorno, y tenía por seguro que en su vida había algo más de lo que constituye la vida ordinaria. Y para prueba de que no me engañó la maestra, voy á ayudarla en su confesión, como hacen los curas viejos con los chicos tímidos que por primera vez van al confesonario. Usted vió á Manuel, que es de los chicos más simpáticos que pueden ofrecerse á la contemplación de una joven apasionada. Ambos se agradaron, se ofrecieron con mutuo placer el regalo de las miradas, se comunicaron después por cartas, y en este comercio epistolar en que se cambia alma por alma, la de usted, que es la de que ahora tratamos, se fué empapando en ese rocío de dulzura ideal que desciende del cielo... No dirá usted que no estoy poético. Sigo adelante. Las cartas, algún diálogo corto, y por lo corto más intenso; las miradas furtivas, por lo escasas más fulminantes, iban sosteniendo en ambos la pasión primera, en la cual, quiero y debo reconocerlo, todo era ternura, honestidad, nobleza, los fines más puros y legítimos del alma humana... Las cualidades de Manuel debían producir en usted efectos de otro orden, porque siendo él un joven de gran porvenir, y que ya ocupa excelente posición en el mundo, usted debía de sentir halagado su amor propio, debía de sentir además algún estímulo de ambición... ¿por qué no declararlo francamente? La enamorada gustaría de encuadrar sus sueños amorosos dentro de un marco de positivismo... así, así, como suena... las cosas claritas... y añadir á lo ideal una cosa extremadamente hermosa también, cual es ser la mujer de un hombre notable, rico y rodeado de preeminencias mundanas.

La ví acercar más la cabeza á la costura, acercarla tanto que casi se iba á meter la aguja por los ojos. De éstos se deslizó una lágrima que fué á refrescar la sétima edición de la bata de Calígula. Ni una palabra dijo Irene; mas con su silencio yo me envalentonaba, y seguí:

—Todavía su espíritu de usted no había adquirido fijeza; amaba, pero sin llegar á ese afecto exaltado que no admite contradicción, y que suele proponerse el dilema de la victoria ó la muerte. Pasaban días, y con las cartitas, las miradas y alguna que otra palabreja se alimentaba esa pasión, sin llegar á mayores. Pero había de llegar la crísis, el momento en que usted perdiera la chaveta, como se suele decir, y esa crísis, ese momento vinieron con la velada, aquella famosa noche en que vió usted á su ídolo rodeado de todo el prestigio de su talento, bañado en luz de gloria... Aquella noche firmó Manuel su pacto con la suerte, abrió de par en par las puertas de su brillante porvenir... ¡Qué hermosura, Irene, qué dicha infinita suponerse unida para siempre al héroe de aquella fiesta, al orador insigne, al que ha de ser pronto diputado, ministro...!

Esta vez herí tan en lo vivo, que no fué una lágrima, sino un torrente lo que bajó á inundar la metamorfoseada bata. Irene se llevó el pañuelo á los ojos, y con voz de ahogo me dijo:

—Sabe usted... más que Dios...

—Quedamos en que aquella noche perdió usted la chaveta—añadí bromeando.—Sigamos ahora. Desde aquel momento le entró á mi amiga el desasosiego de un querer ya indomable y abrumador. Su alma aspiraba ya con sed furiosa á la satisfacción de su ardiente anhelo. La persona querida se salía ya de los términos de persona humana para ser criatura sobrenatural. Se interesaban igualmente su corazón de usted, su mente, su fantasía proyectista. Manuel era el angel de sus sueños, el marido rico y célebre... Me parece que me explico... Parece que estoy leyendo un libro, y sin embargo, no hago más que generalizar... Paciencia, y hablaré un momento más. Entonces nació en usted el deseo de salir de la casa de mi hermano... ¿Me equivoco? Usted necesitaba resolver pronto el problema de su destino. Manuel se declararía más amante después de la velada, y probablemente incitaría á su amada á procurarse independencia. Usted se sintió con bríos de actividad. Su instinto de mujer, su corazón, su talento no le permitían un triste papel pasivo. Era preciso dar algunos pasos y alargar la mano para coger los tesoros que ofrecía la Providencia... Pero ahora tenemos una cosa muy singular. ¿Es la Providencia ó el Demonio quien, permitiendo la trampa armada por mi hermano, le facilita á usted lo que ardientemente desea, que es salir de la casa, adquirir libertad y comunicarse fácilmente con Manuel? Al fin y al cabo, los dos deben tener cierto agradecimiento á José María, que puso esta casa, y á doña Cándida, que trajo aquí á su sobrina para repetir confabulados el pasaje de las tentaciones de San Antón. Usted vino á la ratonera sin sospechar lo que había en ella; usted también creyó la patraña de que mi cínife había variado de fortuna... Bueno: consigue usted su objeto; se pone al habla con Manuel, que soborna á la criada, y se mete aquí. Las sugestiones de mi hermano producen momentánea contrariedad. Para vencerla me llama usted á mí. Intervengo. Quito de en medio el gran estorbo. Manuel, entre bastidores, triunfa en toda la línea. ¿Y ahora qué queda por hacer? Manuel y usted han de decidirlo.

Esto último que dije lo dije á gritos, porque el canario empezó á cantar tan fuerte que mi voz apenas se oía. Ella se levantó alterada; no sabía qué hacer... Volvióse al pájaro, le mandó callar, y viendo que no obedecía, me dijo:

—No callará mientras no cierre el balcón.

Y diciéndolo, entornó tanto las maderas, que nos quedamos casi á oscuras. Lo que quería la muy pícara era estar en penumbra para que no se le viera la alteración ruborosa de su semblante... En vez de volver á tomar la costura, que era tan sólo un pretexto para no mirarme de frente, sentóse en una banqueta que en el ángulo de la pieza estaba, y siguió el lloriqueo.