—No, señor... Una tarde... yo entraba del paseo con las niñas, él salía, bajaba la escalera... No sé cómo tropecé y caí.

—Una tarde... Y yo, ¿dónde estaba esa tarde?

—Se había quedado usted en el portal, hablando con un catedrático, amigo suyo.

—Y poco más ó menos, ¿cuándo ocurrió eso?

—Antes de Navidad... Después le ví otra vez que salí con Ruperto. El me siguió, empeñándose en hablar conmigo. Me dijo muchas tonterías. Yo iba tan sofocada; no sabía qué hacer... Al día siguiente...

—Le escribió á usted una carta, que debía de ser larga. Se la mandó á usted con la mulata. ¡Estas razas mezcladas son terribles!... Á media noche usted leyó la carta, encerrada en su cuarto...

—Es cierto—respondió, sin levantar los ojos de su costura.—¿Cómo lo sabe usted?

—Y otras noches también pasó usted largas horas leyendo cartas de Manuel y contestándolas. Se acostaba usted muy tarde...

Tardó mucho la contestación, que fué un humilde «sí, señor.»

—Y en las noches de gran reunión solían ustedes verse á escape en el pasillo, por algunas partes no bien alumbrado...