—Pero, en fin, Irene, será preciso que nos resolvamos á ayudar á doña Cándida. Si no, es fácil que al levantarnos de la mesa, tengamos que ir á comer á una fonda.
Echóse á reir. Hízome seña de que la siguiera. Me enseñó el comedor, que era una pieza digna del mayor estudio. Viejo estante de libros sin cristales y con cortinillas verdes hacía de aparador; pero no se vaya á creer que allí estaba la vajilla, á no ser que por tal se conceptuaran dos avecillas disecadas, dos tinteros de cobre, una cabeza de palo semejante á las que usan los peluqueros para exhibir sus trabajos, un perro de porcelana, dos ó tres platos de dudoso mérito, una zapatilla mora, un puño de espada, una ratonera y otras baratijas, que eran lo que la señora no había podido vender de sus antiguos ajuares.
—Este es el museo de mi tía—dijo Irene burlándose.—Ahora, explaye usted sus miradas por esta suntuosa salle à manger. Ella dice que es del gusto de la renaissance por esas dos arquitas talladas que tiene ahí, y por aquel cuadro de la cacería. Ambas cosas se hallan en tal mal estado, que nada ha podido sacar por ellas... Vea qué estilo nuevo de mueblaje. Es moda vieja esa de sentarse en sillas para comer. Aquí nos sentamos en baules y cajas, y ponemos la mesa, ¿dónde dirá usted?... En días de gran ceremonia, sobre el veladorcillo que se trae del gabinete; en días comunes, sobre una tabla que se coloca encima de los brazos de aquel sillón. Hoy es día de demasiada suntuosidad, y voy á traer la mesa de la cocina. No tema usted que haga falta allí: la cocina funciona poco en esta casa, y hoy me parece que harán el gasto los fiambres. Esto está montado á la alta escuela, amigo Manso... Aprenda usted para cuando se case...
Bien comprendía yo el horror de Irene á la casa de su tía, y aquella enérgica frase: «ó muerta ó...» Ella me la quitó de la boca para remacharla así:
—¿Comprende usted ahora lo que le dije hace poco? ¿Vivir así es vivir?... Y si yo no me ocupo de salvarme, de abrirme un camino, ¿quién lo va á hacer?
—¡Es verdad, es verdad!
—¡Yo he pensado tanto en esto, he cavilado tanto...! Difícil es abrirse un camino, en las circunstancias mías... una pobre chica sola, sin padres, sin guía...
Complacíame mucho verla tan expansiva.
—Ahora, si usted quiere, añadió, vamos á traer la mesa de la cocina. Amigo, es preciso trabajar. Si no...
Llevóme á la cocina, que me sorprendió por dos cosas, por su mucha limpieza y porque no se veía allí, fuera del caldero que á la lumbre estaba y que despedía rumoroso vapor, ningún síntoma, señal, ni indicio de cosa comestible.