—Eso sí—observó Irene,—hay que hacer justicia á mi tía. Todo el día se lo pasa fregoteando la cocina. Á ver, Manso, coja usted por ahí.
—Yo la llevaré solo... Si puedo muy bien...
—No, no, que quiero hacer ejercicio. Me gusta esto. Obedezca usted... coja por ese lado.
Levantamos la mesa, y andando yo hacia atrás, pasito á paso, ella riendo, yo también, llevamos nuestra carga al comedor.
—Bueno... Ahora manteles, vajilla... Hay que abrir esos baules... Pruebe usted las llaves, pues sólo mi tía entiende bien esto. Todavía no se han vaciado los baules en que se trajo todo cuando la mudanza.
—Vengan esas llaves... abriremos.
Después de diversas y no fáciles probaturas, abrimos los tres baules y dimos con aquel en que la loza estaba. Fué preciso para extraerla de lo profundo, sacar antes el Año Cristiano en doce tomos, algunas colchas, un bastidor de bordar y no sé qué más.
—Vaya, vaya... ya tenemos platos... la sopera... precisamente es lo que menos se necesita... pero venga... En fin, no está del todo mal. En lo que hay escasez es en el ramo de cubiertos... Mi tía y yo con un par de tenedores nos arreglamos; pero no sé si nuestro convidado... ¡Ah! sí, en el otro baul, allí donde están las escrituras de las fincas que fueron de mi tía, los papeles viejos y documentos, debe de haber un juego de cubiertos... Y si no, en el museo está una daga que dicen es de Toledo...
Yo no podía contener la risa... Y por fin, la mesa fué puesta, y no quedó mal. El mantel limpio, recién comprado, y alguna cristalería nueva dábanle excelente aspecto.
—Ahora falta lo principal—dijo Irene.—Veremos cómo sale del paso... Será una comedia graciosa, tremenda... Fíjese usted en lo que dirá al entrar... Como si la oyera...