Fatigada del trabajo, se sentó en una de las dos sillas que yo traje de diferentes regiones de la casa, y apoyó el codo desnudo en la mesa y la sién en el puño, dedicándose á observar las rayas del mantel. Yo, de pié al otro extremo, observaba las de la bata de ella, de color claro, veraniega y tan almidonada, que por donde quiera que iba, la tela tiesa producía vibraciones extrañas y una música... Dejemos esto.

—¿Le parece á usted, le parece si esta vida, si esta casa son para desear seguir en ella?... ¿No está justificado que yo, por cualquier medio, quiera emanciparme?... Y lo más particular es que así me he criado. Pero es tan distinto mi genio; soy tan contraria á este desorden, á esta miseria, como si hubiera estado toda mi vida en palacios...

—Medios tenía usted de sobra para emanciparse, como joven de mérito. Usted no debía dudar que se emanciparía, sin precipitarse por malos caminos.

—Los caminos, amigo Manso, se nos ponen delante, y hay que seguirlos. No sé si es Dios ó quién es el que los abre. Vea usted... le voy á contar...

Y no ya un codo, sino los dos puso sobre la mesa, y vuelta hacia mí, frente á frente, á manera de esfinge, me hizo estas revelaciones que no olvidaré nunca:

—Pues mire usted, cuando yo era chiquita, cuando yo iba á la escuela, ¿sabe usted lo que pensaba y cuáles eran mis ilusiones?... No sé si esto dependía de ver la aplicación de otras niñas ó de lo mucho que quería á mi maestra... Pues bien, mis ilusiones eran instruirme mucho, aprender de todas las cosas, saber lo que saben los hombres... ¡qué tontería! Y me apliqué tanto que llegué á tomar un barniz... tremendo... La vocación de profesora duróme hasta que salí de la escuela de institutrices. Entonces me pareció que me asomaba á la puerta del mundo y que lo veía todo, y me decía: «¿qué voy yo á hacer aquí con mis sabidurías?...» No, yo no tenía vocación para maestra, aunque otra cosa pareciera. Cuando habló usted á mi tía para que fuera yo á educar á las niñas de don José, acepté con gozo, no porque me gustara el oficio, sino por salir de esta cárcel tremenda, por perder de vista esto y respirar otra atmósfera. Allí descansé, estaba al menos tranquila; pero mi imaginación no descansaba...

¡Error de los errores! ¡Y yo que, juzgándola por su apariencia, la creía dominada por la razón, pobre de fantasía; yo que ví en ella la mujer del Norte, igual, equilibrada, estudiosa, seria, sin caprichos!... Pero atendamos ahora.

—Yo he sido siempre muy metida en mí misma, amigo Manso. Así es que no se me conoce bien lo que pienso. ¡Me gusta tanto estar yo á solas conmigo pensando mis cosas, sin que nadie se entrometa á averiguar lo que anda por mi cabeza...! En casa de D. José yo cumplía bien mis deberes de maestra, yo ganaba mi pan; pero ¡ay! si supiera usted, amigo, lo que padecía para vencer mi tristeza y mi resistencia á enseñar... ¡qué cargante oficio! ¡Enseñar gramática y aritmética! Lidiar con chicos ajenos, aguantar sus pesadeces... Se necesita un heroismo tremendo y ese heroismo yo lo he tenido... Pero estaba llena de esperanza, confiaba en Dios, y me decía: «aguanta, aguanta un poco más, que Dios te sacará de esto y te llevará á donde debes estar...»

¡Error, crasa y estúpida equivocación! Y yo que la tenía por... Pero chitón, y oigamos.

—¡Y qué agradecida estaba yo al interés que usted se tomaba por mí! Pero como yo me guardaba bien de contarle á usted mis pensamientos, usted no me comprendía bien... Usted veía y admiraba en mí á la maestra, mientras que yo aborrecía los libros; no puede usted figurarse lo que los aborrecía y lo que ahora los aborrezco... Hablo de esas tremendas gramáticas, aritméticas y geografías...