¡Y yo que creía...! ¡Y para esto, santo Dios, nos sirve el estudio! Para equivocarnos respecto á todo lo que es individual y del corazón... Yo la oía y me pasmaba de la magnitud de mis errores. Pero no me gustaba declararlos y confesar mis torpezas. Al contrario, podía en aquel momento mostrarme agudo, pues con los datos positivos y de verdad que acababa de obtener podía filosofar otra vez á mis anchas, como lo había hecho lucidamente una hora antes.
—Mire usted, Irene,—le dije envalentonándome mucho y empleando ese acento, esa seguridad que siempre tengo cuando generalizo.—Lo que usted acaba de decirme no me sorprende mucho. Yo, sin comprender bien lo que usted pensaba, advertía que el fondo difería muchísimo de la superficie. Tenemos cierta práctica de estas cosas, ¿me entiende usted? Así es que á todos los engañaría usted menos á mí... La antipatía á los libros de enseñanza no estaba tan bien disimulada como otros secretos de usted más ó menos tremendos. Y tanto lo creo así, que me parece podría seguir y marcar, sin equivocarme, la evolución, así decimos, de su pensamiento. Usted nació con delicados gustos, con instintos de señora principal, con aptitudes de esas que llamo sociales, y que constituyen el arte de agradar, de vivir bien, de conversar, de hacer honores y de recibirlos, todo con exquisita gracia y delicadeza. Faltan las condiciones atmosféricas para desarrollar esos instintos y esas aptitudes; y por lo mismo que le faltan, usted las desea, aspira á ellas, sueña con ellas... y véase por qué inesperado camino se las depara la Providencia. Cumple usted fatalmente la ley asignada á la juventud y á la belleza; usted cae en eso que antes se llamaba las redes del amor... cosa muy natural; pero que, á más de natural, resulta ahora oportunísima, porque... Hablemos con claridad. Si Manuel se casa con usted, como creo, y tal es su deber, tendrá usted lo que desea, será usted lo que debe ser... vaya usted contando: esposa de un hombre notable; señora de una excelente casa, donde podrá darse toda la importancia que quiera; dueña de mil comodidades, coche, criados, palco...
—Cállese usted, cállese—me dijo poniéndose roja, y echándose á reir y escondiendo la cara.
—No, si esto no quiere decir que vaya usted por malos caminos. Al contrario, la mayor cultura trae, generalmente, mayores ventajas en el orden moral. Será usted una excelente madre de familia, una buena esposa, una señora benéfica, distinguidísima, que sirva de modelo... Lucirá usted...
—Cállese usted, cállese usted...
Y la perspicacia que en época anterior me había faltado para comprenderla, la tuve entonces para ver claramente toda la extensión de sus ambiciones burguesas, tan desconformes con el ideal que yo me había forjado. En el fondo de aquellos pruritos de sociabilidad ¡había tanto de común y rutinario!... Irene, tal como entonces se me revelaba, era una persona de esas que llamaríamos de distinción vulgar, una dama de tantas, hecha por el patrón corriente, formada según el modelo de mediocridad en el gusto y hasta en la honradez, que constituye el relleno de la sociedad actual. ¡Cuánto más alto y noble era el tipo mío! La Irene que yo había visto desde la cumbre de mis generalizaciones; aquel tipo que partía de una infancia consagrada á los estudios graves y terminaba en la mujer esencialmente práctica y educadora; aquella Minerva coetánea en que todo era comedimiento, aplomo, verdad, rectitud, razón, orden, higiene...
—Lo que yo aseguro á usted—me dijo,—es que mis deseos han sido siempre los deseos más nobles del mundo. Yo quiero ser feliz como lo son otras... ¿Hay alguien que no desee ser feliz? No... Pues yo he visto á otras que se han casado con jóvenes de mérito y de buena posición. ¿Por qué no he de ser yo lo mismo? Yo se lo he pedido á Dios, Manso. Para que me concediera esto, ¡he rezado tanto á Dios y á la Virgen...!
¡También santurrona!... Era lo que me faltaba ya para el completo desengaño... Horror del estudio; ambición de figurar en la numerosa clase de la aristocracia ordinaria; secreto entusiasmo por cosas triviales; devoción insana que consiste en pedir á Dios carretelas, un hotelito y saneadas rentas; pasión exaltada, debilidad de espíritu y elasticidad de conciencia: he aquí lo que iba saliendo á medida que se descubría; y sobre todas estas imperfecciones, descollaba, como dominándolas y al mismo tiempo protegiéndolas de la curiosidad, un arte incomparable para el disimulo, arte con el cual supo mi amiga presentárseme con caracteres absolutamente contrarios á los que realmente tenía. ¿Dónde estaba aquel contento de la propia suerte, la serenidad y temple de ánimo, la conciencia pura, el exacto golpe de vista para apreciar las cosas de la vida? ¿dónde aquel reposo y los maravillosos equilibrios de mujer del Norte que en ella ví, y por cuyas cualidades, así como por otras, se me antojó la más perfecta criatura de cuantas había yo visto sobre la tierra? ¡Ay! aquellas prendas estaban en mis libros; producto fueron de mi facultad pensadora y sintetizante, de mi trato frecuente con la unidad y las grandes leyes, de aquel funesto don de apreciar arque-tipos y no personas. ¡Y todo para que el muñeco fabricado por mí se rompiera más tarde en mis propias manos, dejándome en el mayor desconsuelo!... No sé á dónde habría llegado yo con estas lamentaciones internas si no apareciera doña Cándida cuando menos la esperábamos...
—¡Ah!... ¡angelitos! Veo que habeis trabajado bien... la mesa puesta... ¡Jesús qué lujo! ¿Pero es verdad, Máximo, que te quedas á comer? Yo creí... como eres tan raro, y nunca has querido sentarte á mi mesa...
Irene sofocaba la risa. Yo no sé lo que dije.