—No es que no tenga qué darte. Por si comías con nosotras, he traido aquí...

De un pañuelo empezó á sacar varias cosas envueltas en papeles, un trozo de pavo trufado, un pastelón, lengua escarlata, cabeza de jabalí y otros fiambres... Cuando pasó Calígula á la cocina para traer platos en que poner su compra, Irene me dijo con expresión desdeñosa:

—Ahí tiene usted á mi tía... Cuando llega dinero á sus manos compra fiambres y no come otra cosa. Dice que no puede perder la costumbre de las buenas comidas, y sólo cuando está en la miseria pone una olla al fuego...

Un momento después nos asomábamos Irene y yo al balcón. Había que esperar algún tiempo para que la comida estuviese dispuesta, y no sabíamos cómo pasar el rato, porque ni ella ni yo teníamos muchas ganas de hablar.

—Dígame usted, Irene—le pregunté con interés profundo.—Si Manuel tuviese ahora un mal pensamiento y...

No me dejó concluir. Respondióme con una grandísima descomposición de su semblante que anunciaba dolor y vergüenza, y después me dijo:

—Me mata usted sólo con suponerlo... Si Manuel... Me moriría de pena...

—¿Y si no se moría usted?... Se dan casos...

—Me mataría... tengo fuerzas para matarme y volverme á matar, si no quedaba bien muerta... Usted no me conoce...

¡Y qué verdad! Pero ya empezaba á conocerla, sí.