Doña Cándida nos desconcertó presentándose de improviso para decirme:

—Te tengo una botellita de Champagne que me regalaron el año pasado... ¡Verás qué buena! Ya pronto comemos. Melchora ha venido ya, y al momento va á freir la carne y á hacer la tortilla.

—¡Tortilla para comer... tía!

—¿Tú qué sabes, tonta? No me gustan bazofias... aborrezco las ollas. ¿No eres de mi opinión, Máximo?

—Sí señora; todo lo que usted quiera...

—Dentro de un momento ya podeis venir. ¿Qué hora es?

¡Qué banquete más triste! Faltaban en él las dos cosas que hacen agradable la mesa, es decir, alegría y comida. Nos sirvió primero Melchora una desabrida tortilla, que verdaderamente no sé cómo la pude pasar. Luego vino un plato de carne, escaso y seco, al cual dió doña Cándida el retumbante apodo de filet à la Maréchale.

—Es riquísimo, Máximo. Aquí tienes un plato que nadie sabe hacerlo ya en Madrid más que yo...

—Cuando digo que se van perdiendo las tradiciones culinarias.

Irene me hacía guiños, gestos y mohines graciosísimos para burlarse de la comida, de su tía y de la menguada mesa, en la cual no aparecieron ni en efigie los pichones y la anguila anunciados.