—Aquí tienes un pavo trufado—declaró Calígula,—que lo ha hecho expresamente para mí el señor de Lhardy... Luego te daré un platito á la francesa, que te gustará mucho... Vamos, destapa la botella de Champagne...

—Pero, señora, si esto es sidra, y no de la mejor...

—Te digo que es del propio Duc de Montebello. Tú entenderás de filosofía; pero no de bebidas...

—Pero qué... ¿vamos á comer otra tortilla?

—Es el platito de que te hablé... haricots à la sauce provençale... Lo hace Melchora á maravilla.

—Si usted me permite una franqueza, señora, le diré que esto me parece una cataplasma... pero en fin, se puede pasar...

—¡Mal agradecido!... Prueba este pastel... Irene, ¿no comes?... Así es todos los días; se mantiene del aire como los camaleones.

Y en efecto, Irene apenas comía más que pan y un poco del famoso filet à la Maréchale. Considerando su sobriedad, pasé á reflexionar otra vez sobre el tema eterno.

«Quién sabe,—me dije,—si una crítica completamente sana y fría podría llevarte á declarar que aquellas supuestas, soñadas y rebuscadas perfecciones constituirían, caso de ser reales, el estado más imperfecto del mundo... Eso de la mujer-razón que tanto te entusiasmaba, ¿no será un necio juego del pensamiento? Hay retruécanos de ideas como los hay de palabras... Ponte en el terreno firme de la realidad y haz un estudio serio de la mujer-mujer... Estos que ahora te parecen defectos, ¿no serán las manifestaciones naturales del temperamento, de la edad, del medio ambiente?... ¿De dónde sacaste aquel tipo septentrional más frío que el hielo, compuesto no de pasiones, virtudes, debilidades y prendas diferentes, sino de capítulos de libro y de hojas de Enciclopedia? Observa ahora la verdad palpitante, y no vengas con refunfuños de una moral de cátedra á llamar graves defectos á lo que en realidad es tan sólo accidentes humanos, partes y modos de la verdad natural que en todo se manifiesta. La pasión es propio fruto de la juventud, y el arte de disimular que tanto te espeluzna es una forma de caracter adquirida en el estado de soledad en que ha vivido esa criatura, sin padres, sin apoyo alguno. Un poderoso instinto de defensa le ha dado ese arte, con el cual sabe suplir la falta del amparo natural de la familia. Ese disimulo ha sido su gran arma en la lucha por la vida. Se ha defendido del mundo con su reserva. Y esa ambición que tanto te desagrada no es más que un producto del mismo desamparo en que ha vivido. Se ha acostumbrado á deberlo todo á sí misma, y de ahí ha venido el prurito de emprenderlo todo por sí misma. Arrastrada por la pasión, ha tenido flaquezas lamentables. Su agudeza y su prudencia han sido vencidas por el temperamento... Hay que considerar lo extraordinario de las seducciones con que luchaba. Enamorada, la atraía el galán de sus sueños; pobre, la atraía el joven de posición. ¡Amor satisfecho y miseria remediada! Estos grandes imanes, ¿á quién no llevan tras sí? El espíritu utilitario de la actual sociedad no podía menos de hacer sentir su influjo en ella. Hé aquí una huérfana desamparada que se abre camino, y su pasión esconde un genio práctico de primer orden...»

¡No sé qué más pensé! Levantéme de aquella antipática mesa, hastiado de alimentos fríos y desabridos, de las sillas que rechinaban amenazando desbaratarse, de los cuchillos á los cuales se les caía el mango, y de aquella anfitrionisa insoportable, cuyas farsas rayaban ya en lo maravilloso.