Irene me acompañó á la sala; nos sentamos, pero no hablábamos nada. Caía la tarde y nos rodeaban sombras melancólicas. La tristeza de haber estado todo el día sin ver al objeto de su cariño, la tenía muda y tétrica. Y á mí me ponía lo mismo un nuevo trastorno de que fuí acometido á consecuencia de lo que arriba dije. Consistía mi nuevo mal en que al representármela despojada de aquellas perfecciones con que la vistió mi pensamiento, me interesaba mucho más, la quería más, en una palabra, llegando á sentir por ella ferviente idolatría. ¡Contradicción extraña! Perfecta, la quise á la moda Petrarquista, con fríos alientos sentimentales que habrían sido capaces de hacerme escribir sonetos. Imperfecta, la adoraba con nuevo y atropellado afecto, más fuerte que yo y que todas mis filosofías.

Aquella pasión suya terminada en flaqueza de caracter; aquella reserva interesantísima, que permitía suponer siempre un más allá en los horizontes de su alma; aquella decisión de triunfar ó morir; aquel mismo resabio utilitario, todo me enamoraba en ella. Hasta su graciosa muletilla, aquella pobreza de estilo por la cual llamaba tremendas á todas las cosas, me encantaba. ¡Oh! ¡cuánto más valía ser lo que fué Manuel, ser hombre, ser Adán, que lo que yo había sido, el angel armado con la espada del método defendiendo la puerta del paraíso de la razón!... Pero ya era tarde.

Y en aquella oscuridad, á la cual llegaban tímidas luces del crepúsculo y el amarillo resplandor de los faroles públicos, la ví tan soberanamente guapa, que tuve miedo de mí mismo y me dije: «es necesario que yo salga de aquí, no sea que mi sentimiento se sobreponga á mi razón y diga ó haga las tonterías de que hasta ahora, á Dios gracias, me he visto libre.» Y en efecto, peligros noté en mí de ponerme en ridículo, si permitía salir alguna parte de la procesión que por dentro andaba. Yo me sentía mozalvete, calaverilla y un si es no es cursi... Dije tres ó cuatro frases de fórmula y me marché... porque si no me marchaba... Casos se han visto de caracteres profundamente serios, que en un momento infeliz han caido de golpe en los sumideros de la tontería.


XLIII

Doña Javiera me acometió con furor.

Hízome temblar de espanto, porque su cólera era para mí hasta entonces desconocida, y siempre había yo visto en ella mucho angel, afabilidad y suma tolerancia. Lo mismo fué entrar yo en la casa, á las seis del domingo, que corrió hacia mí con gesto amenazador, tomóme de un brazo, llevóme á su gabinete, cerró...

—Pero, señora...

Yo no comprendía, ni en el primer momento supe dar á sus bruscos modos la interpretación más conveniente. Creí que me quería sacar los ojos; creí después que se sacaba los suyos. Gesticulaba como actriz de la legua, y respirando con gran fatiga, no acertaba á expresarse sino con monosílabos y entrecortadas cláusulas:

—Estoy... volada... Me muero, me ahogo... Amigo Manso, ¿no sabe usted lo que me pasa?... No resisto, me muero... ¿No sabe usted?... Manuel, ¡qué pillo, qué ingrato hijo!...