—Pero, señora...

—¿Le parece á usted lo que ha hecho?... Es para matarlo... Pues se quiere casar con una maestra de escuela.

Y al decir maestra de escuela, alzaba la voz con alarido de agonía, como el que recibe el golpe de gracia...

—Alguna pazpuerca muerta de hambre... ¡qué afrenta, Virgen, re-Virgen!... Parece mentira, un chico como él, tan listo, de tanto mérito... Vamos, esto es cosa de Barrabás... ó castigo, castigo de Dios... Señor de Manso, ¿no se indigna usted, no salta bufando?... Hombre, usted es de piedra, usted no siente... ¿Pero usted se ha hecho cargo?... ¡Una maestra de escuela!... de esas que enseñan á los mocosos el pe á pa... Si le digo á usted que estoy volada... á mí me va á dar algo... no sé cómo no le hice así y le retorcí el pescuezo cuando me lo dijo... Ahí tiene usted un hombre perdido... adios carrera, adios porvenir... ¡Jesús, Jesús! Y usted no se sulfura, usted tan tranquilo...

—Señora, vamos á comer. Serénese usted y después hablaremos.

El criado anunció que la comida estaba dispuesta. Antes de pasar al comedor, mi vecina me dijo del modo más solemne del mundo:

—En el señor de Manso confío. Usted es mi esperanza, mi salvación.

—Yo...

—Nada, nada. Usted es para mi hijo lo que llaman un oráculo. ¿No se dice así?

—Así se dice.