—Pues si usted no le quita de la cabeza esa gansada, perdemos las amistades.
Estaba escrito que todo lo malo y desagradable de aquellos días me pasara al tiempo de comer en mesa ajena. Y la de doña Javiera se parecía bien poco á la de doña Cándida en la riqueza de los manjares y régimen del servicio. Contraste mayor no se podía ver. La mesa de mi vecina ofrecía desmedida abundancia, variedad de manjares sabrosos y recargados, servidos en vajilla nueva y de relumbrón. Era festín más propio de gigantes glotones que de gastrónomos delicados. Y las consecuencias del berrinche no se conocían ni poco ni mucho en el apetito de la señora de Peña, á quien observé aquel día tan bien dispuesta como los demás del año á no dejarse morir de hambre. Lo poco que habló fué para incitarme á que me atracase de todo, diciéndome que no comía nada, para elogiar á su cocinera y para reprender á Manuel porque hablaba demasiado alto y nos aturdía á todos. Este entró cuando ya habíamos tomado la sopa. Estaba sumamente jovial. Le conocí que había visto á su víctima; mas no podía suponer dónde ni cómo. Probablemente habría sido en la misma casa caligulense, pues no era difícil para Manuel embaucar á doña Cándida y aun prescindir completamente de ella. Durante toda la comida, doña Javiera no perdía ripio de reñir á su hijo, fulminando contra él los rayos de sus bellos ojos ó los de sus frases agudas y mortificantes. Á mí me traía en palmitas, quería que de todo comiese, cosa imposible, y me atendía y me obsequiaba con cariñosa finura. Cuando me despedí, después de hablar un poco sobre el consabido conflicto, le dije:
—Déjele usted de mi cuenta... yo lo arreglaré.
Y ella:
—En usted confío. Dios le bendiga á usted por la buena obra que va á hacer... Cada vez que lo pienso... ¡Una maestra de escuela! Estoy abochornada. ¡Qué dirá la gente!... Será cosa de no poder salir á la calle.
Y cuando salí y ví á Manuel que entraba en su cuarto, le indiqué que le esperaba en mi casa. Doña Javiera salió conmigo á la escalera, y en voz bajita, con semblante esperanzado y risueño, me dijo:
—Eso es; póngale usted las peras á cuarto. Duro en él... Dígale usted que no quiero maestras ni literatas en mi casa, y que mire por su porvenir, por su carrera... Como si no tuviera hijas de marqueses en que elegir... Y lo que es yo me muero si se casa con esa... Á mí que no me venga con mimos, porque no le perdono...
—Yo lo arreglaré, yo lo arreglaré.