Mi venganza.

Cuando Manuel se presentó ante mí, parece que tenía gran impaciencia por decirme:

—¿Ha hablado usted con mamá?

—Sí, tu mamá está furiosa. No le entra en la cabeza que te cases con Irene—le respondí;—y la verdad es que no le falta razón. Ahora parece que os vais á poner en pié de aristócratas, y te convendría una buena boda. Ya ves que la pobre Irene...

—Es pobre y humilde; pero yo la quiero.

El gato saltó de mis rodillas. ¡Con qué gusto lo acariciaba...! y al compás de aquellos pases por el lomo del nervioso animal, ¡qué de pensamientos brotaban en mí, todos luminosos y cargados de razón!... Formé un plan y lo puse en práctica al instante.

—Dime con franqueza lo que piensas... Pero no me ocultes nada; la verdad, la verdad pura quiero.

—Déme usted antes consejos.

—¿Consejos? Venga primero lo que tú sientes, lo que deseas...

—Pues yo, querido maestro, si usted me pregunta lo que siento, le diré con toda franqueza que estoy como fuera de mí de enamorado y de ilusionado; pero si usted me pregunta si he hecho propósito de casarme, le contestaré con la misma franqueza que no he podido adquirir todavía una idea fija sobre esto. Es cosa grave. Por todas partes no se oye otra cosa que diatribas contra el matrimonio. Luego tan jóvenes ambos... Hay que pensarlo y medirlo todo, amigo Manso.