—¿Tienes algún recelo,—le dije violentándome mucho para aparecer sereno,—de que Irene, esposa tuya, no corresponda á tus ilusiones, á ese tu entusiasmo de hoy...?

—Eso no, no tengo recelo... Ó porque la quiero mucho y me ciega la pasión, ó porque ella es de lo más perfecto que existe, me parece que he de ser feliz con ella...

—Entonces...

—Además, ya ve usted... la oposición de mi madre. Usted conoce á Irene, la ha tratado en casa de D. José. ¿Qué idea tiene usted de ella?

—La misma que tú.

—¡Es tan buena; tiene tanto talento...! Nada, nada, amigo Manso, yo me embarco con ella.

—¿Crees que no te pesará?

—Me hace usted dudar... Por Dios. Pregunta usted de un modo y da unos flechazos con esos ojos... ¡Qué sé yo si me pesará ó no...! Considere usted la época en que vivimos, las mudanzas grandísimas que ocurren en la vida. Las ideas, los sentimientos, las leyes mismas, todo está en revolución. No vivimos en época estable. Los fenómenos sociales, á cual más inesperado y sorprendente, se suceden sin interrupción. Diré que la sociedad es un barco. Vienen vientos de donde menos se espera, y se levanta cada ola...

Yo meditaba.

—¡Casarme! ¿Qué me aconseja usted?...