—¿Serás capaz de hacer lo que yo te mande?

—Juro que sí,—me dijo con entereza.—No hay nadie en el mundo que tenga sobre mí dominio tan grande como el que tiene mi maestro.

—¿Y si te digo que no te cases?...

—Si me dice usted que no me case,—murmuró muy confuso mirando al suelo y poniendo punto á su perplejidad con un suspiro,—también lo haré...

—¿Y si además de decirte que no te cases, te mando que rompas absolutamente con ella y no la veas más?

—Eso ya...

—Pues eso, eso. No te aconsejaré términos medios. No esperes de mí sino determinaciones radicales. De no casarte, rompimiento definitivo. Aconsejar otra cosa, sería en mí predicar la ignominia y autorizar el vicio.

—Pero ya ve usted que eso... renunciar, abandonar... Usted no puede inspirarme una villanía.

—Pues cásate.

—Si realmente...