Ella insistía que yo estaba mal cuidado en mi habitación de soltero con ama de llaves, á manera de presbítero.

—Usted no quiere seguir mi consejo, y lo va á pasar mal, amigo Manso... Esto no parece la casa de un profesor eminente. ¿Qué le pone de comer esa Petra? Bodrios y fruslerías; alimentos pobres que no dan sustancia al cerebro... Si tendré que venir yo todos los días á ponerle de comer... Luego necesita usted una casa mejor. ¡Ah! señor mío, en la calle de Alfonso XII estaremos bien. Yo me encargo de arreglarle á usted su cuartito, y ponérselo como un primor. No, no venga usted dando las gracias... Soy muy llanota, y usted se lo merece. No faltaba más...

Estas finezas se repitieron dos ó tres veces, hasta que un día, sabedora mi vecina de la resolución de su hijo y de mi consejo, se me presentó cual pantera africana, y después de alborotar con retahila de espantables imprecaciones, se me puso delante, gesticuló mucho pasando una y otra vez sus manos muy cerca de mis ojos, y al fin pude entender lo siguiente:

—Con que usted... Miren el falsillo, el tramposo; en vez de predicar á Manuel para quitarle de la cabeza su barbaridad, le predica para que me traiga á casa la maestra... Señor Manso, es usted un mamarracho.

Y con la confianza que solía tomarme, correspondiendo á las suyas, me atreví á responderle:

—El mamarracho ha sido usted, señora doña Javiera, al suponer que yo podría aconsejar á su hijo cosa contraria al honor.

—No hable usted así, que estoy volada...

—Vuele usted todo lo que quiera, pero en este asunto no me oirá usted hablar de otra manera.

—Pero Sr. D. Máximo... ¿qué se ha figurado usted, que mi hijo está ahí para que me lo atrape la primera esguízara...?

—Poco á poco, señora. Por mucha que sea la nobleza de usted, no logrará hacer pasar por cualquier cosa á mi protegida, porque sepa usted que Irene es mi protegida, hija de un caballero principalísimo que prestó á mi padre grandes servicios. Soy agradecido, y esa señorita huérfana no sufrirá desaires de ningún mocoso mientras yo viva.