—¡Eh! ¡eh! aquí tenemos al caballero quijotero... ¿Sabe usted que se va volviendo cargante? Mi hijo...

—Vale menos que ella.

—Vale más, más, óigalo usted, más.

Y á cada sílaba alzaba la poderosa voz. Sus gritos me ponían nervioso.

—Bonito servicio me ha hecho usted... Y lo que es ahora... de verano, amigo Manso.

—Por mi parte, de la estación que usted guste. Los chicos se casarán, y en paz.

—No le doy la licencia—exclamó doña Javiera puesta en jarras.

—Se la dará usted.

Y á pesar del furor de mi amiga y vecina, yo, sereno ante ella, no podía vencer cierta inclinación á tratar humorísticamente aquel grave tema.

—Vaya, vaya... con los humos de esta señora... ¿Es su hijo de usted algún Coburgo Gotha?...