—No ponga usted motes, caballero. Si somos gotas ó no somos gotas, á usted no le importa. Y por lo que valga, sepa que de muchas gotitas se compone el mar. No hay orgullo en mi casa, pero sí honradez.
—Pues también la hay en la mía... Vaya, vaya. Cuando se lleva el niño una verdadera joya, una mujer sin igual, un prodigio de talento, de belleza, de virtud... hija de un caballerizo...
—¡Hija de un caballerizo!...—repitió la ex-carnicera con cierto aturdimiento,—de esos monigotes que van al lado del coche real... brincando sobre la silla... Si digo... Vivir para ver.
—Y el mejor día, sépalo usted, señora de Peña, me voy al ministerio de Estado, revuelvo el archivo de la cancillería, y le saco á mi protegida un título de baronesa como una casa... Chúpate esa.
—¿De veras, hombre?—dijo ella mezclando á la cólera un grano de risa.—Con que baronesa... Algo tendrá el agua cuando la bendicen.
—Sí señora...
—Ella será todo lo baronesa que usted quiera; pero si apuesta á fea, no hay quien la gane. No la he visto más que una vez después que es profesora... qué alones, ¡bendito Dios! Es un palo vestido. Cosa más sin gracia no se ha visto. Parece una de esas traviatonas... No sé cómo mi niño ha tenido el antojo...
—Ha tenido muy buen gusto. La que lo tiene perverso es usted.
—No me gustan las mujeres sabias... ¡Una licenciada! ¡qué asco! La sabiduría es para los hombres, la sal para las mujeres.
Diciendo esto, parecíame algo desenojada.