—Siga usted, siga usted—me dijo—elogiando á su ahijada. Es de las que destetaron con vinagre... Si la veo entrar en mi casa, creo que de un repelón...
—No será usted tan fiera... La admitirá usted, y al poco tiempo la querrá muchísimo.
—¿De veras...?—exclamó con dejo chulesco.—Voy viendo que el señor catedrático no ha inventado la pólvora y es primo hermano del que asó la manteca.
—Qué le hemos de hacer... Por de pronto va usted á hacerme el favor de mandar á su criada que me planche dos camisas. Petra está mala...
—¡Ay! sí señor—respondió con oficiosa prontitud, levantándose.
—Otro favorcito... Aquí tengo mi americana, á la cual le faltan botones...
—Sí, sí, sí, venga.
Empezó á dar vueltas por mi habitación como buscando quehaceres.
—Más favorcitos: Aquí tengo unas camisas que no recibirían mal un cuello nuevo.
—Ya lo creo; venga.