—Y aquí me tiene usted hoy, sin saber lo que he de comer...
—¡Virgen! no faltaba más. Baje usted... ó le mandaré lo que guste...
—Bajaré... Hoy no me vendría mal que subiera una chica á arreglar un poco esto... La pobre Petra...
—Subiré yo misma. ¿Qué más?
—Que es preciso dar la licencia á Manuel.
La risa, la complacencia, su deseo anhelante de servirme luchaban con su inexplicable orgullo; pero me hacía gracia oirle decir entre risueña y enojada:
—No me da la gana... Pues me gusta...
—Vaya, que sí lo hará usted.
—Me llevo esto.
Aludía á mi ropa, que recogió con diligencia y examinaba con ojos de mujer hacendosa.