—Subiré en seguida... Traeré una de las chicas para que me ayude. ¡Virgen, cómo está esta casa! Pero verá usted, verá usted qué pronto la ponemos como el lucero del alba.

Y desde la puerta me miró de un modo particular.

—Aquello, aquello...—le grité.

—Que no me da la gana... Usted tiene ganas de oirme. El buen señor es pesadito...


XLVI

¿Se casaron?

Pues ya lo creo. ¿No se habían de casar, si esto era la solución lógica y necesaria? Conciencia y Naturaleza lo pedían con diversos gritos. Yo tuve empeño particular en conseguirlo. Agradecida á mí debía vivir la tórtola profesora toda su vida, pues sin el pronto auxilio del buenazo de Manso, es seguro que no hubiera podido realizarse el salvamento que se deseaba. Porque indudablemente Manuel Peña estaba indeciso aquella noche que le amonesté, y si era poderosa su pasión, también lo eran sus perplejidades, sus preocupaciones, y la influencia que sobre él tenían amigotes casquivanos y su amante mamá. Así, tengo el orgullo de haber resuelto, en sentido del bien y con sólo cuatro palabras apuntadas al corazón, aquel difícil pleito. No me gusta elogiarme, y sigo mi narración... Pero como no quiero atropellar los acontecimientos, retrocedo un poco para decir que no habían pasado veinte minutos desde que partió mi vecina diciendo aquello de Pesadito, etcétera, cuando sonó la campanilla.

Una criada.—La señora que baje usted á ver unos muebles.

—Bueno; allá voy, que me estoy vistiendo.