Al poco rato, tilín...
—La señora que haga usted el favor de bajar á ver unas cortinas.
Era que la de Peña, ocupada en hacer compras para arreglar su nueva casa, no se decidía en la elección de cosa alguna sin previa consulta conmigo. Yo era para ella el resumen de toda la humana sabiduría en cuanto Dios crió y dejó de criar. Mayormente en cuestiones de gusto, mis caprichos eran leyes.
Bajé. Toda la sala estaba llena de muebles de lujo, comprados en famosas tiendas, y un francés tapicero presentaba muestras de cortinajes, portieres y telas diversas.
—¿Qué le parece, Sr. de Manso? Á ver, decida usted... ¿Estas sillotas no son demasiado grandes? Esto para el Papa será bueno. ¡Qué cosas inventan! ¿Pues y estas otras que parecen de alambre? Si me siento en ellas, adios mi dinero... Y todo desigual; cada pieza es de diferente forma y color. Á mí me gustan cosas que hagan juego... Estas cortinas, Sr. de Manso, parecen de tela de casullas; pero la moda lo manda...
Sobre todo dí mi opinión, y la señora, muy complacida, renunció á adquirir muchos objetos de dudoso gusto, á los cuales puse mi veto.
—Si quisiera usted darse una vuelta por la nueva casa, amigo D. Máximo...—me dijo más tarde.—Porque yo no sé lo que harán los pintores si no hay una persona de gusto que les diga... pues... Yo mandé que en el comedor me pintaran muchas liebres, codornices muertas y algún ciervo difunto. No sé lo que harán. Dicen que ahora se adornan los comedores con platos pegados en el techo. Antes los platos se usaban para comer. No entiendo estas modas nuevas. Usted me aconsejará. Lo mejor es que se plante usted en la casa y lo dirija todo á su gusto... Eso; disponga á su antojo, y quite y ponga lo que le parezca... Me figuro que en los salones será moda también colgar las sillas del techo... y poner las arañas en el suelo... Mire usted, Sr. de Manso, se me ocurre una cosa. Esta tarde no tiene usted nada que hacer. ¿Vámonos á la casa nueva? Ahora me van á traer el coche que he comprado. Lo estreno hoy, lo estrenaremos, y usted me dirá si es de buen gusto, si tiene los muelles blanditos y si los caballos son guapetones... Verá usted qué casa, aunque aquello está todo revuelto y lleno de yeso y basura. Virgen, ¡qué calma la de esos pintores y estuquistas! Ya ve usted: aquí he tenido que meter todos los muebles, y está la sala tan atestada, que no se puede dar un paso en ella. ¿Con que vamos allá?
Á todo accedí. La señora fué á vestirse. Al poco rato me mandó llamar para que viese una bata que le probaba la modista.
—Me parece muy bien, señora. Le cae á usted que ni...
—Que ni pintada. Eso ya lo sabía yo... Á mí todo me cae bien. ¿No es verdad, Mansito? Todavía doy yo quince y raya á más de cuatro farolonas que van por ahí.