—Mira, Máximo, tú que has traido aquí esta tribu salvaje, á ver cómo nos libras de ella. Esto es la langosta, la filoxera; no sé ya qué hacer. Me tienen loco. También tú tienes unas cosas... El uno pide papeletas, y me va á buscar al Congreso; la otra pide destinos para sus dos lobatos... En fin, encárgate tú, que los trajiste, de sacudir de aquí esta plaga.

—Los pobres—murmuró Lica,—son tan buenos...

—Pues ponerles en la calle—indiqué yo.

—¡No, no, que se le retira la leche!—exclamó con espanto Manuela.—Habla bajo, por Dios... Pueden oir...

Hablando bajito, quise dar una noticia de sensación, y anuncié la boda de Manuel Peña. Manuela se persignó diferentes veces. Mi hermano, atrozmente inmutado, no dijo más que:

—Ya lo sabía.

Disimulaba medianamente su ira tomando un periódico, dejándolo, encendiendo cigarrillos. Después, como al ir á su despacho, tropezara en el pasillo con el célebre D. Pedro, que, sombrero en mano, le pedía no sé qué gollería, montó en súbita cólera, no se pudo contener...

—Oiga usted, don espantajo—le dijo á gritos,—¿cree usted que estoy yo aquí para aguantar sus necedades? Á la calle todo el mundo; váyase usted al momento de mi casa, y llévese toda su recua...

¡Dios mío la que se armó! El titulado D. Pedro ó tío Pedro, pues sólo mi cuñada le daba el don, dijo que á él no le faltaba nadie; su digna esposa se atrevió á sostener que ella era tan señora como la señora; los chicos salieron escapados por la escalera abajo, y Robustiana empezó á llorar á lágrima viva. Muerta de miedo estaba Lica, que casi de rodillas me pidió que pusiera paz en aquella gente y librara á mi ahijado de un nuevo y grandísimo peligro. En tanto sentíamos á José María dando patadas en su cuarto, en compañía de Sainz del Bardal, á quien llamaba idiota por no sé qué descuido en la redacción de una carta.

—Al fin se le hace justicia—pensé;—y no tuve más remedio que amansar á D. Pedro y á su mujer, diciéndoles mil cosas blandas y corteses, y llevándoles aquella misma tarde á ver la Historia Natural. Á los chicos tuve que comprarles botas, sombreros, petacas y bollos. Lica hizo un buen regalo á la madre del ama. Yo llevé al café por la noche al hotentote del papá; y por fin, al día siguiente, con obsequios y mercedes sin número, buenas palabras y mi promesa formal de conseguir la cartería y estanco del pueblo para el hijo mayor, logramos empaquetarles en el tren, pagándoles el viaje y dándoles opulenta merienda para el camino.