—No seas sencillo. Es un buen sujeto. Acompáñale á ver Madrid, pues el buen señor no ha visto nada. Á uno de los chicos hay que colocarlo...
—Á todos los colocaremos... en medio de la calle.
—¡Chinchoso! El ama es muy buena. Máximo, buena mano tuviste... Si no hay otro como tú...
—¿Y José María?
—¿Ese? Otra vez en lo mismo. Ya no se le ve por aquí. Parece que lo del marquesado está ya hecho.
—Saludo á la señá marquesa.
—Á mí... esas cosas...
No obstante su modestia y bondad, lo de la corona le gustaba. La humanidad es como la han hecho, ó como se ha hecho ella misma. No hay nada que la tuerza.
—Yo quiero mi tranquilidad—añadió.—José María está cada vez más relambido... pero con unas ausencias, chinito... Ya se acabó lo de la comisión de melazas, y ahora entra lo de la comisión de mascabados.
Á poco vimos aparecer á mi hermano, y lo primero que me dijo, de muy mal talante, fué esto: