No quiero dejar de contar ahora el regreso de Manuel y su esposa, después de haberse divertido de lo lindo en su excursión de amor. Según me dijo doña Javiera, no se les podía aguantar de empalagosos y amartelados. Tanto se habían hartado de la famosa miel. En conciencia yo deseaba que les durara aquel dulce estado todo lo más posible. Irene me pareció más guapa, más gruesa, de buen color y excelente salud. Doña Javiera, que todo me lo confiaba, me dijo un día:

—Parece que hay nietos por la costa. En cuanto yo vea que los menudea, pongo casa aparte. No quiero hospicios en la mía.

Irene me trataba siempre con la consideración más grande. Aunque nada debía sorprenderme, yo me sorprendía de verla tan conforme al tipo de la muchedumbre, de verla más distinta cada vez ¡Dios mío! del ideal... ¿Pues no se dió á organizar, con otras señoras, rifas benéficas y funciones y veladas para sacar dinero y emplearlo en hospitalitos que no se acaban nunca? También la ví presidiendo una junta de señoras postulantes, y su marido me dijo que le gastaba algún dinero en novenas y festejos eclesiásticos. Para que nada faltase, un domingo por la tarde la ví graciosamente ataviada, de negra mantilla, peina y claveles. Iba á los toros, y preguntándole yo si se divertía en esa fiesta salvaje, me contestó que le había tomado afición y que si no fuera por el triste espectáculo de los caballos heridos, se entusiasmaría en la plaza como en ninguna parte...

Sentencia final: era como todas. Los tiempos, la raza, el ambiente no se desmentían en ella. Como si lo viera... desde que se casó no había vuelto á coger un libro.

Pero hagámosle justicia. En su casa desplegaba la que fué maestra cualidades eminentes. No sólo había introducido en la mansión de los Peñas un gusto desconocido, teniendo que sostener más de una controversia con su suegra, sino que también supo mostrarse altamente dotada como señora de gobierno. Con esto y su tacto exquisito, unas veces cediendo, otras resistiendo, supo conquistar poco á poco el afecto de su mamá política. Tenía, sin género de duda, grandes dotes de manejo social y arte maravilloso de tratar á las personas. Manuel empezó á recibir en su salón, por las noches, á algunas personas de viso y á otras que aspiraban á tenerlo.

Cómo trataba Irene á los distintos personajes; cómo atraía á los de importancia; cómo embaucaba á los necios, cómo sacaba partido de todo en provecho de su marido, era cosa que maravillaba. Yo veía esto con pasmo, y doña Javiera estaba asustada.

—Es de la piel del diablo—me dijo un día,—sabe más que usted.

¡Verdad más grande que un templo y que todos los templos del mundo!—Lo más gracioso es que doña Javiera, que siempre había dominado á cuantos con ella vivían, fué poco á poco dominada por su nuera... Casi casi le tenía cierto respeto parecido al miedo. Á solas la señora y yo hablábamos de las recepciones de Irene, y nos hacíamos cruces.

—Esta nació para hacer gran papel.

—Buena adquisición hizo Manolito, ¿no lo dije?