—Como siga así y no se tuerza...

—¡Oh! si ella es buena, es un angel...

Y á veces nos consolábamos mutuamente con tímidas murmuraciones.

—Veremos lo que dura. No me gustan tantos tés, tanto recibir, tanto exhibirse.

—Pues ni á mí tampoco... Quiera Dios...

—Se ven unas cosas...

¡Execrable ligereza la nuestra! Ella y él se amaban tiernamente. El amor, la juventud, la atmósfera social cargada de apetitos, lisonjas y vanidades criaban en aquellas almas felices la ambición, desarrollándola conforme al uso moderno de este pecado, es decir, con las limitaciones de la moral casera y de las conveniencias. Esto era natural como la salida del sol, y yo haría muy bien en guardar para otra ocasión mis refunfuños profesionales, porque ni venían al caso ni hubieran producido más resultado que hacerme pasar por impertinente y pedantesco. Las purezas y refinamientos de moral caen en la vida de toda esta gente con una impropiedad cómica. Y no digo nada tratándose de la vida política, en la cual entró Manuel con pié derecho, desde que recibió de sus electores el acta de diputado. Mi discípulo, con gran beneplácito de sus amigos y secreto entusiasmo de su esposa, entraba en una esfera en la cual el devoto del bien, ó se hace inmune cubriéndose con máscara hipócrita ó cae redondo al suelo, muerto de asfixia.


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¡Que vivan, que gocen! Yo me voy.