Para ellos vida, juventud, riquezas, contento, amigos, aplauso, goces, delirio, éxito... para mí vejez prematura, monotonía, tristeza, soledad, indiferencia, tormento y olvido. Cada día me alejaba yo más de aquel centro de alegrías que para mí era como ambiente impropio de mi espíritu enfermo. Me ahogaba en él. Además de esto, cada vez que veía delante de mí á la joven señora de Peña, mujer de mi discípulo, aunque no discípula, sino más bien maestra mía, me entraba tal congoja y abatimiento que no podía vivir. Y si por acaso la conversación me hacía encontrar en ella un nuevo defectillo, el descubrimiento era combustible añadido á mi llama interior. Cuanto menos perfecta más humana, y cuanto más humana más divinizada por mi loco espíritu, á quien había desquiciado para siempre de sus fijos polos aquel fanatismo idolátrico, bárbara devoción hacia un fetiche con alma. Todos los días buscaba mil pretextos para no bajar á comer, para no asistir á las reuniones, para no acompañarles á paseo, porque verla y sentirme cambiado y lleno de tonterías y debilidades era una misma cosa. El influjo de estos trastornos llegó á formar en mí una nueva modalidad. Yo no era yo, ó por lo menos, yo no me parecía á mí mismo. Era á ratos sombra desfigurada del Sr. Manso como las que hace el sol á la caída de la tarde, estirando los cuerpos cual se estira una cuerda de goma.
—¿Pero qué tiene usted?—me dijo un día doña Javiera.
—Nada, señora, yo no tengo nada. Por eso precisamente me voy. Entre dos vacíos, prefiero el otro.
—Se queda usted como una vela.
—Esto quiere decir que ha llegado la hora de mi desaparición de entre los vivos. He dado mi fruto y estoy demás. Todo lo que ha cumplido su ley, desaparece.
—Pues el fruto de usted no le veo, amigo Manso.
—Es posible. Lo que se ve, señora doña Javiera, es la parte menos importante de lo que existe. Invisible es todo lo grande, toda ley, toda causa, todo elemento activo. Nuestros ojos, ¿qué son más que microscopios?
—¿Quiere usted que llame un médico?—me dijo la señora muy alarmada.
—Es como si cuando una flor se deshoja y se pudre llamara usted al jardinero. Coja usted unas tijeras y córteme. Ya la luz, el agua, el aire, no rezan conmigo. Pertenezco á los insectos.
—Vaya usted á tomar baños.