—De eternidad los tomaré pronto.
—Nada, nada; yo llamo á un médico.
—No es preciso; ya siento los efectos del gran narcótico; voy á tomar postura...
Doña Javiera se echó á llorar. ¡Me quería tanto! Aquel mismo día vino Miquis acompañado de un célebre alienista, que me hizo varias preguntas á que no contesté. Cuando les ví salir, me reí tanto, que doña Javiera se asustó más y me manifestó de un modo franco el vivísimo afecto con que me honraba. Yo la oía cual si oyera mi elogio fúnebre pronunciado en lo alto de un púlpito y en frente de mi catafalco... Y tal era mi anhelo de descanso, que no me levanté más. Prodigóme sin tasa mi vecina los cuidados más tiernos, y una mañana, solitos los dos, rodeados de gran silencio, ella aterrada, yo sereno, me morí como un pájaro.
El mismo perverso amigo que me había llevado al mundo sacóme de él, repitiendo el conjuro de marras y las hechicerías diablescas de la redoma, la gota de tinta y el papel quemado, que habían precedido á mi encarnación.
—Hombre de Dios—le dije;—¿quiere usted acabar de una vez conmigo y recoger esta carne mortal en que para divertirse me ha metido? Cosa más sin gracia...
Al deslizarme de entre sus dedos, envuelto en llamarada roja, el sosiego me dió á entender que había dejado de ser hombre.
Los alaridos de pena que dió mi amiga al ver que yo la había abandonado para siempre, despertaron á todos los de la casa; subieron algunos vecinos, entre ellos Manuel, y todos convinieron en que era una lástima que yo hubiese dejado de figurar entre los vivos... Y tan bien me iba en mi nuevo sér que tuve más lástima de ellos que ellos de mí, y hasta me reí viéndoles tan afanados por mi ausencia. ¡Pobre gente! Me lloraban familia y amigos, y algunos de estos fueron á las redacciones de los periódicos á dedicarme sentidas frases. En cuanto lo supo Sainz del Bardal, agarró la pluma y me enjaretó ¡ay! una elegía, con la cual yo y mis colegas de Limbo nos hemos divertido mucho. Aquí llegan todas estas cosas y se aprecian en su verdadero valor.
Á mi hermano, Lica, Mercedes, doña Jesusa y Ruperto les duró la aflicción qué sé yo cuántos días. Manuel se puso tan amarillo, que parecía estar malo; Irene derramó algunas lágrimas y estuvo dos semanas como asustada, creyendo que me veía asomar por las puertas, levantar las cortinas y pasar como sombra por todos los sitios oscuros de la casa. Ni que la mataran, entraba de noche sola en su cuarto. ¡También supersticiosa!
Pero todos se fueron consolando. Quien se quedó la última fué mi doña Javiera del alma, tan buena, tan llanota, tan espontánea. Según datos que han llegado á mi noticia, más de una vez fué á visitar el sitio donde estaba enterrado el que fué mi cuerpo, con una piedra encima y un rótulo que decía que yo había sido muy sabio.