—Niña, toma carne y vino.

—¡Qué chinchoso!... Quiero melón.

En tanto la niña Chucha (así llamaban á la suegra de mi hermano), que desde el principio de la comida no había cesado de dirigir acerbas críticas á la cocina española, ponía los ojos en blanco para lanzar una exclamación y un suspiro, consagrados ambos á echar de menos el moniato, la yuca, el ñame, la malanga y demás vegetales que componen la vianda. De repente la buena señora, mareada del estruendo que en la mesa había, llenaba un plato y se iba á comérselo á su cuarto. Distraído yo con estas cosas, no advertía que una de las niñas, sentada junto á mí, metía la mano en mi plato y cogía lo que encontraba. Después me pasaba la mano por la cara llamándome tiíto bonito. El chiquitín tiraba la servilleta en mitad de una gran fuente con salsa, y luego la arrojaba húmeda sobre la alfombra. La otra niña pedía con atroces gritos todo aquello que en el momento no estaba en la mesa, y los papás seguían disertando sobre el tema de lo que más convenía al delicado temperamento y al crítico estado de Lica.

—Chinita, toma vino.

—¿Vino? ¡qué asco!

—Mujer, no bebas tanta agua.

—¡Jesús, qué chinchoso! Que me traigan azucarillos.

—Carne, mujer, toma carne.

Y el chico salía á la defensa de su mamá, diciendo:

—Papá mapiango.