—Niño, si te cojo...

—Papá cochino...

—Yo quiero fideo con azucar—chillaba una vocecita más allá.

—Me apetece garbanzo.

—¡Silencio, silencio!—gritaba José María dando fuertes golpes en la mesa con el mango del cuchillo.

Una chuleta empapada en tomate volaba hasta caer pringosa sobre la blanca pechera de la camisa del papá. Levantábase José María furioso, y daba una tollina al nene; pegaba éste un brinco y salía, atronando la fonda con su lloro; enfadábase Lica; refunfuñaba su hermana; aparecía la niña Chucha enojada porque castigaban al nieto y se sentaba á la mesa para seguir comiendo; llamaban á Rupertico, á la mulata, y en tanto yo no sabía á qué orden de ideas apelar, ni á qué filosofía encomendarme para que se serenara mi espíritu.

Como todo el día estaba comiendo golosinas, Lica no hacía más que probar de cada plato y beber vasos de agua. Al fin saciaba en los postres su apetito de cositas dulces y frescas. Servían el café, más negro que tinta; pero yo me resistía á introducir en mí aquel pícaro brevaje por temor á que me privara del sueño, y me impacientaba y contaba las horas, esperando la bendita de escapar á la calle.

Luego venía el fumar, y allí me veríais entre pestíferas chimeneas, porque no sólo era mi hermano el que chupaba, sino que Lica encendía su cigarrito y la niña Chucha se ponía en la boca un tabaco de á cuarta. El humo y el vaivén de las mecedoras, me ponían la cabeza como un molino de viento, y aguantaba, y sostenía la conversación de mi hermano, que despuntaba ya por la política, hasta que llegada la hora de la abolición de mi esclavitud, me despedía y me retiraba, enojado de tan miserable vida y suspirando por mi perdida libertad. Volvía mis tristes ojos á la historia, y no le perdonaba, no, á Cristóbal Colón que hubiera descubierto el Nuevo Mundo.


IX