—¡Pobrecito Máximo!—me dijo de improviso Irene, en el momento que caía el telón.—¿No se alivia esa cabeza?

Estas palabras me hicieron el efecto de un disciplinazo. Parece que me habían despertado de un letargo. La miré, parecióme entonces tan acabada como yo torpe, malicioso y zambo de cuerpo y alma.

—Me duele mucho... El calor... el ruido...

En aquel momento llamaban al autor, que no era San Lucas.

—Pues vámonos—dijo Irene.

Fué preciso hacer creer á las niñas que se había acabado todo. Pero Belica, la mayor, estaba bien enterada del programa y nos decía muy afligida: «Si falta la degollación...»

Irene las convenció de que no faltaba nada, y salimos.

—Le pondré á usted paños de agua sedativa—me dijo la profesora al atravesar la calle de Santa Agueda.

¡Me pondría paños! Al oirla me pareció, no ya perfecta, sino puramente ideal, hermana ó sobrina de los ángeles que asisten en el Cielo á los santos achacosos y les dan el brazo para andar, y vendan y curan á los que fueron mártires, cuando se les recrudecen sus heridas.

—El agua sedativa no me hace bien. Veremos si puedo dormir un poco.