—¿Se va usted á su casa?
—No; me echaré en el sofá del despacho de José María.
Y así lo hice. Muy entrada la noche, cuando desperté y me dieron una taza de té, ya despejada la cabeza, sentí vivos deseos de ver á Irene, pero no me atreví á preguntar por ella. Al salir para retirarme á mi casa, doña Jesusa, como si adivinara mi pensamiento, me dijo:
—Esa niña, esa Irenita vale un Perú. Es más buena... Hasta hace un rato ha estado cosiendo. Ya se ha encerrado en su cuarto. ¿Pero creerá usted que duerme? Está leyendo acostada.
Al pasar ví claridad en el montante de la puerta. ¡Luz en su cuarto! ¿Qué leería?
XV
¿Qué leería?
Este fué el objeto de mis profundas cavilaciones en el tiempo que tardé en llegar á mi casa, y aún me persiguió aquel enigma hasta que me dormí, después de leer yo también un rato. ¿Y cual fué mi lectura? Abrí no sé qué libros de mi más ardiente devoción, y me harté de poesía y de idealidad.
Al despertar volví á preguntarme: «¿Qué leería?» Y en clase, cuando explicaba mi lección, veía por entre las cláusulas y pensamientos de ésta, como se ve la luz por entre las mallas de un tamíz, la cuestión de lo que leía Irene.