—Yo no sé... si he de decirte la verdad... estas cosas me fastidian...—repuso con turbación.—Es empeño de ellos, yo me resisto. Luego, los del partido... lo han tomado como asunto propio... Es verdaderamente una tontería ¿pero cómo les voy á decir que no? Sería verdaderamente ridículo... Si me hicieras el favor de no quitarme el tiempo, camarada. Estamos verdaderamente sofocados con este dichoso correo de Cuba.
Dejéle con sus cartas y su poeta secretario. Pronto sería yo hermano de un marqués de Casa-Manso ó cosa tal. En verdad, esto me era de todo punto indiferente, y no debía preocuparme de semejante cosa; pero pensaba en ella porque venía á confirmar el diagnóstico que hice de la creciente locura de mi hermano. Lo del título era un fenómeno infalible en el proceso psicológico, en la evolución mental de sus vanidades. José reproducía en su desenvolvimiento personal la serie de fenómenos generales que caracterizan á estas oligarquías eclécticas, producto de un estado de crísis intelectual y política que eslabona el mundo destruido con el que se está elaborando. Es curioso estudiar la filosofía de la historia en el indivíduo, en el corpúsculo, en la célula. Como las ciencias naturales, aquélla exige también el uso del microscopio. Indudablemente, estas democracias blasonadas; estas monarquías de transacción sostenidas en el cabello de un artificio legal; este sistema de responsabilidades y de poderes, colocado sobre una cuerda floja y sostenido á fuerza de balancines retóricos; esta sociedad que despedaza la aristocracia antigua y crea otra nueva con hombres que han pasado su juventud detrás de un mostrador; estos Estados latinos que respiran á pulmón lleno el aire de la igualdad, llevando este principio no sólo á las leyes sino á la formación de los ejércitos más formidables que ha visto el mundo; estos días que vemos y en los cuales actuamos, siendo todos víctimas de resabios tiránicos y al mismo tiempo señores de algo, partícipes de una soberanía que lentamente se nos infiltra, todo, en fin, reclama y quizás anuncia un paso ó trasformación, que será quizás la más grande que ha visto la historia. Mi hermano, que había fregado platos, liado cigarrillos, azotado negros, vendido sombreros y zapatos, racionado tropas y traficado en estiércoles, iba á entrar en esa escogida falange de próceres, que son como la imagen del poder histórico inamovible y como su garantía de permanencia y solidez. Digamos con el otro: «Ó el universo se desquicia, ó el hijo de Dios perece.»
Pensando en estas cosas fuí al cuarto de Irene, y todo lo olvidé desde que la ví. Sin oir su respuesta á mi primer saludo, le pregunté:
XVI
¿Qué leía usted anoche?
Y como quien ve descubierto un secreto querido, se turbó, no supo qué responder, vaciló un momento, dijo dos ó tres frases evasivas, y á su vez me preguntó no sé qué cosa. Interpreté su turbación de un modo favorable á mi persona, y me dije: «Quizás leería algo mío.» Pero al punto pensé que no habiendo yo escrito ninguna obra de entretenimiento, si algo mío leía, había de ser ó la Memoria sobre la psicogénesis y la neurosis, ó los Comentarios á Du Bois-Raymond, ó la Traducción de Wundt, ó quizás los artículos refutando el Transformismo y las locuras de Hæckel. Precisamente la aridez de estas materias venía á dar una sutil explicación al rubor y disgusto que noté en el rostro de mi amiga, porque, «sin duda, calculé yo, no ha querido decirme que leía estas cosas por no aparecer ante mí como pedantesca ó marisabidilla.»
Las dos niñas corrieron hacia mí. Eran monísimas, se llamaban mis novias y se disputaban mis besos. Pepito también corrió saltando á mi encuentro. Sólo tenía tres años, no estudiaba nada aún, y le tenían allí para que estuviera sujeto y no alborotase en la casa. Era un gracioso animalito que no pensaba más que en comer, y luchaba por la existencia de una manera furibunda. Cuando le preguntaban qué carrera quería seguir, respondía que la de confitero. Isabelita y Jesusita eran muy juiciosas; estudiaban sus lecciones con amor y hacían sus palotes con ese esfuerzo infantil que pone en ejercicio los músculos de la boca y de los ojos.
La habitación de estudio era la única de la casa en que había orden, y al propio tiempo la menos clara, pues siempre se encendía luz en ella á las tres de la tarde. ¡Qué hermoso tinte de poesía y de serenidad marmórea tomabas á mis ojos, maestra pálida, á la compuesta luz de la llama y de la claridad espirante del día! Por tí salía mi espíritu de su normal centro para lanzarse á divagaciones pueriles y hacer cabriolas, impropias de todo espíritu bien educado.—La estancia aquella había sido comedor y estaba forrada de papel imitando roble con listones negros claveteados. En un testero estaba el pupitre donde las niñas escribían; no lejos de allí una mesa grande, un sofá de gutapercha y algunas sillas negras. En la pared había algunos mapas nuevos, y dos viejísimos, de la Oceanía y de la Tierra Santa, que yo recordaba haber visto en la casa de doña Cándida. Es de suponer que mi cínife le endosaría aquellas dos piezas á Lica, haciéndolas pagar al precio de las demás gangas que á la casa llevaba.
—Vamos á ver, Isabel,—decía Irene,—los verbos irregulares.