La ocasión y el sitio imponíanme la mayor seriedad; así para aproximarme en espíritu á Irene, tenía que ayudarle en su tarea escolástica, facilitándole la conjugación y declinación, ó compartiendo con ella las descripciones del mundo en la Geografía. La Historia Sagrada nos consumía mucha parte del tiempo, y la vida de José y sus hermanos, contada por mí tenía vivísimo encanto para las niñas, y áun para la maestra. Luego venían las lecciones de francés, y en los temas les ayudaba un poco, así como en la analogía y sintaxis castellanas, partes del saber en que la misma profesora, dígase con imparcialidad, solía dormitar aliquando, como el buen Homero.
Mientras escribían, había un poco más de libertad. Isabel y Jesusa, al trazar sus letras, se embadurnaban los dedos de tinta. Pepito, á quien era preciso dar un lapiz y un papel para que se estuviera callado, hacía rayas y jeroglificos en un rincón, y á cada momento venía á enseñarme sus obras, llamándolas caballos, burros y casas. Irene descansaba, y cogiendo el encaje de frivolité, se ponía á hacer nudos con la lanzadera, y yo á mirarle los dedos, que eran preciosos. Con aquel trabajillo se ayudaba, reforzando su mísero peculio. ¡Bendita laboriosidad, que era el remate ó coronamiento glorioso de sus múltiples atractivos! Yo inspeccionaba las planas de las niñas y decía á cada instante: «Más delgado, niña; más grueso; aprieta ahora...»
De repente, un prurito irresistible del alma me hacía volver hacia Irene y decirle:
—¿Está usted contenta con esta vida?
Y ella alzaba los hombros, me miraba, se sonreía, y... ¿Por qué negarlo, si quiero que la verdad más pura resplandezca en mi relato? Sí, me parecía sorprender en ella cansancio y aburrimiento. Pero sus palabras, llenas de profundo sentido, me revelaban cuán pronto triunfaba la voluntad de la flaqueza de ánimo.
—Es preciso tomar la vida como se presenta. Estoy contenta, Máximo, ¿qué más puedo desear por ahora?
—Usted está llamada á grandes destinos, Irene. Por Dios, Jesusita, no pintes, no pintes; haz el trazo con libertad, y salga lo que saliere. Si sale mal, se hace otro, y adelante... Las cualidades superiores que resplandecen en usted... Pero Isabel, ¿á dónde vas con ese codo? ¿Lo quieres poner en el techo? Anda, anda; parece que vas á dar un abrazo á la mesa... No mojes tanto la pluma, criatura. Estás chorreando tinta... Ese codo, ese codo... Pues sí, las cualidades superiores...
Y aquí me detuve, porque, á semejanza de lo que la tarde anterior me había pasado en el teatro, sentí obstruccciones en mi mente, como si ciertas y determinadas ideas no quisieran prestarse á ser expresadas y se escondieran con vergüenza, huyendo de la palabra, que á tirones quería echarlas fuera. El requiebro vulgar repugnaba á mi espíritu, y no sé por qué intervenía cruelmente en ello mi gusto literario. Y como al mismo tiempo no hallaba una fórmula escogida, graciosa, de exquisita intención y originalidad que respondiese á mi pensamiento, estableciendo insuperable diferencia entre mi sensibilidad y la de los mozalvetes y estudiantes, no tuve más remedio que adoptar el grandioso estilo del silencio, poniendo de vez en cuando en él la pincelada de un elogio.
—Usted, Irene, es de lo más perfecto que conozco.
Ella seguía haciendo nudos y más nudos, y no respondía á mis alabanzas sino echándome otras tan hiperbólicas que me ofendían. Según ella, yo era el hombre acabado, el hombre sin pero, el hombre único. ¡Y cuidado con los elogios que hacían de mí todas las personas que me trataban!... No, no podía existir tal perfección en la persona humana, y por fuerza habían de descubrir algún defectillo los que me trataran de cerca. Contestando á esto, creo que estuve oportuno y algo chispeante, decidiéndome á lanzar algunas ideas preparatorias que ella, á mi parecer, comprendió perfectamente—Nuevos elogios de Irene, dirigidos en particular á lo que ella calificaba de originalidad en mi ingenio. «Es usted tremendo,» me dijo, y á esta frase siguió prolongado silencio de ambos.