La tarde estaba hermosa, y salimos á paseo. No sé si fué aquella tarde ú otra cuando me retiré á casa con la idea y el propósito de no precipitarme en la realización de mi plan, hasta que el tiempo y un largo trato no me revelaran con toda claridad las condiciones del suelo que pisaba.
«No me conviene ir demasiado aprisa, pensaba yo. El hecho, el hecho me guiará, y la serie de fenómenos observados me trazará seguro camino. Procedamos en este asunto gravísimo con el riguroso método que empleamos hasta en las cosas triviales. Así tendré la seguridad de no equivocarme. Poniendo un freno á mis afectos, que se dejarían llevar de impetuoso movimiento, conviene observar más todavía. ¿Acaso la conozco bien? No; cada día noto que hay algo en ella que permanece velado á mis ojos. Lo que más claro veo en su prodigioso tacto para no decir sino aquello que bien le cuadra, ocultando lo demás. Demos tiempo al tiempo, que así como el trato ha de producir el descubrimiento de las regiones morales que aún están entre brumas, la amistad que del trato resulte y el coloquio frecuente han de traer espontaneidades que, como por la mano, le den á conocer á ella mis propósitos y á mí su aquiescencia, sin necesidad de esa palabrería de mal gusto que tanto repugna á mi organización intelectual y estética.»
Tal como lo pensaba lo hice. Muchas mañanas asistí á las lecciones y muchas tardes á los paseos, mostrando indiferencia y áun sequedad. La digna reserva de ella me agradaba más cada vez. Un día nos cogió un chaparrón en el Retiro. Tomé un coche, y con la estrechez consiguiente nos metimos en él los cinco y nos fuimos á casa. Chorreábamos agua, y nuestras ropas estaban caladas. Yo tenía un gran disgusto y el temor de que ella y los niños se constipasen.
—Por mí no tema usted—me dijo Irene.—Jamás he estado mala. Yo tengo una salud... tremenda.
¡Bendita Providencia que á tantos dones eminentes añadió en aquella criatura el de la salud, para que respondiese mejor á los fines humanos en la familia! El que tuviese la dicha de ser esposo de aquella escogida entre las escogidas, no se vería en el caso de confiar la crianza de sus hijos á una madre postiza y mercenaria; no vería entronizado en su casa ese monstruo que llaman nodriza, vilipendio de la maternidad y del siglo.
—Cuídese usted, cuídese usted—le dije con afán previsor,—para que su hermosa salud no se altere nunca.
Dos días estuve sin ir á casa de mi hermano. ¿Fué casualidad ó plan malicioso? Crea el lector lo que quiera. Mi metódico afecto tenía también sus tácticas y algo se entendía de amorosas emboscadas. Cuando fuí después de ausencia que tan larga me parecía, sorprendí en el rostro de Irene alegría muy viva.
—¡Qué caro se vende usted!—me dijo poniéndose más pálida.
—Me parece—repliqué yo,—que hace dos siglos que no nos vemos. ¡He pensado tanto en usted!... Ayer hablamos... No nos vimos, y sin embargo, le dije á usted estas y estas cosas.
—Es usted... tremendo.