—No quisiera equivocarme; pero me parece que noto en usted algo de tristeza... ¿Le ha pasado á usted algo desagradable?

—No, no, nada—respondió con precipitación y un poco de sobresalto.

—Pues me parecía... No, no puede estar usted satisfecha de este género de vida, de esta rutina impropia de un alma superior.

—Ya se ve que no—dijo con vehemencia.

—Hábleme usted con franqueza, revéleme todo lo que piense, y no me oculte nada... Esta vida...

—Es tremenda.

—Usted merece otra cosa, y lo que usted merece lo tendrá. No puede ser de otra manera.

—Pues qué, ¿había de pasar toda mi juventud enseñando á hacer palotes?

—¿Y cuidando chiquillos...?

—¿Y dando lecciones de lo que no entiendo bien...?