Echó sobre los libros que en la próxima mesa estaban una mirada tan desdeñosa, que me pareció verles apenados y confundidos bajo el peso de la excomunión mayor.
—Usted se aburre, ¿no es verdad? Usted es demasiado inteligente, demasiado bella para vivir asalariada.
Me expresó con dulce mirada su gratitud por lo bien que había interpretado sus sentimientos.
—Esto se acabará. Irene. Yo respondo...
—Si no fuera por usted, Máximo—me dijo con expresión de la más generosa amistad,—ya habría salido de aquí.
—Pero qué... ¿está usted descontenta de la familia?
—No... es decir... pero no, no—murmuró contradiciéndose cuatro veces en seis palabras.
—Algo hay...
—No, no, digo á usted que no.
—Tiempo hace que nos conocemos. ¿Será posible que no tenga usted conmigo la confianza que merezco...?