—Sí la tengo, la tendré—replicó animándose.—Usted es mi único amigo, mi protector... Usted...

¡Qué hermosa espontaneidad se pintaba en su rostro! La verdad retozaba en su boca.

—Me interesa tanto usted, y su felicidad y su porvenir, que...

—Porque lo conozco así, tendré que consultar con usted algunas cosas... tremendas...

—¡Tremendas!

No daba yo gran importancia á este adjetivo, porque Irene lo usaba para todo.

—Y yo le juro á usted—añadió cruzando las manos y poniéndose bellísima, asombrosa de sentimiento, de candor y piedad...—Yo juro que no haré sino lo que usted me mande.

—Pues...

El corazón se me salía con aquel pues... No sé hasta donde habría llegado yo, si no abriera la puerta Lica en aquel momento.

—Máximo—dijo sin entrar,—llégate aquí, chinito...