—Ya ve usted, maestro... vámonos de aquí. Achantémonos en ese gabinete.

—¿Qué me cuentas?

—Nada de particular.

—¿Es cierto que ya no le haces la corte á Amalia Vendesol?

—¡Quiá, maestro!... Si eso se acabó hace mil años. Es inaguantable. Unas exigencias, unas susceptibilidades... Verá usted; si un día dejaba de pasar á caballo por su casa, ¡María Santísima! la que se armaba. Si en el Retiro me distraía y miraba para alguien... En fin, tiene peor genio que su tía Rosaura, la que le sacó un ojo á su marido riñendo por celos. Yo he visto á Amalia morder un abanico y hacerlo en cincuenta pedazos... ¿por qué creerá usted? porque una noche no pude tomar butaca impar en la Comedia, y tuve que ponerme en las pares. Y qué educación la suya, amigo Manso. Escribe garabatos, dice pedrominio, y tiene un cariño á las haches...

—Como todas... como la mayoría... ¿Y es cierto que te has dedicado á una de las de Pez?

—Ahí están las dos. ¿Las ha visto usted? Me entretengo con ellas, principalmente con la menor, que es graciosísima. Están bien educadas, es decir, tienen un barniz...

—Eso es, nada más que un barniz. Ignoran todo lo ignorable; pero se les ha pegado algo de lo que oyen, y parecen mujeres. No son, realmente, más que muñecas, de las que dicen papá y mamá.

—Pero éstas no dicen papá y mamá, sino marido, marido. La mayor, sobre todo, es muy despabilada. Cuidado que sabe unas cosas... Anoche me quedé aterrado oyéndola. Hablando con verdad, no sé si decirle á usted que son monísimas ó muy cargantes. Hay en ellas algo de los visos del tornasol ó de los reflejos metálicos de una mayólica. Á veces marean, á veces deslumbran; cansan y enamoran. Dan alegría y amor. La mayor, Adela, es de una vanidad que no se concibe. Yo creo que si un príncipe se dirige á ella, aún será poca cosa.

—Verás como concluye por casarse con un distinguido teniente.